Llegó el enigmático 2014, el año de un Mundial más, el número 20, en el que se ponen a prueba la tecnología, las comunicaciones, la inmediatez, los programas electrónicos, digitales y técnicos.
Brasil, terruño de Jorge Amado, Rubem Fonseca, João Guimarães, Pelé, Zico y Sócrates, país de las paradojas y de más canchas que lugares para la oración. Brasil, tierra de narrativas y microhistorias gloriosas. Una Babel latinoamericana que baila al son de una samba que bautizaron como balón-gol. El fútbol es una religión que no tiene ateos, dice Galeano, y con él varios estudiosos del fútbol como fenómeno espiritual y social. Se trata del año de las discontinuidades que admite la confusión entre Helena de Troya y Penélope, Maradona y Madonna, Loynaz y Lionel. 2014 es enigmático por lo que representa simbólicamente para el balón terráqueo. El fútbol como religión, la religión como fútbol. El Mundial es el único evento que conjunta todos los continentes, modos de ser y de pensar, y el mejor pretexto para gastarse la vida en 30 días, además de ser el mejor (neg)ocio del mundo. Un Mundial es un paréntesis, un alargamiento de la existencia, un momento para avivar la llama de la esperanza, aunque no haya. Banderas, escudos, culturas, colores, poesías, cuentos, novelas y refranes. Un Mundial es transgresión de la rutina, es desorden en el orden, el culto al ocio con licencia. Un Mundial es la escritura del más doloroso y estético haikú, es el verso que está por escribirse, el encuentro del desencuentro, la promesa de un mundo más estético, el pase perfecto, el gol soñado, la jitanjáfora sonora, el cronotopo literario. En un Mundial se vive la Navidad en mitad del año porque se congelan dolores, guerras y fracasos. Los seguidores se untan de la camiseta que se hincha con las notas del himno de cada país. Un solo himno ganador. Dios es redondo, existe, se encarnó entre estadios, escudos, banderas, cánticos, rituales, oraciones y cábalas. La expresión que más suena durante este primer semestre del año tiene sentido avícola: “la polla mundialista”. La polla es la otra promesa, el otro Mundial, la polla que usan los medios y centros comerciales para vivir cada partido como promesa de ganancia a través del sorteo y el juego. El Mundial es un acontecimiento de lo impensado, a pesar de todas las planeaciones. No sabemos las consecuencias de un gol, pero entendemos que cada partido es una eclosión de dos colores, triunfo o derrota: no hay más. Por fin llegó el 2014, el año de Fuleco, una fiesta en la que se suspenden el tiempo y el espacio.
Juan Carlos Rodas Montoya*