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Cáncer e hipocresía

07 de febrero de 2019 - 07:13 p. m.

 

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*Johnattan García Ruiz, MPH -Universidad de Harvard. Investigador en Dejusticia

En su discurso del Estado de la Unión de 2016, el expresidente de los Estados Unidos, Barack Obama, le encomendó a su vicepresidente Joe Biden liderar una iniciativa a gran escala para acelerar la investigación sobre el cáncer conocida como el «Cancer Moonshot.» Esta misión, cuyo nombre evocaba el ambicioso plan de John F. Kennedy de llevar el hombre a la luna, era personal para Biden. En 2015, su hijo Beau falleció a los 46 años a causa de un cáncer cerebral muy agresivo. Algunos meses después del discurso, el Congreso de los Estados Unidos aprobó $1.8 billones de dólares para financiar la iniciativa por un periodo de siete años.

Biden, uno de los hombres más poderosos del mundo, usó el poder a su alcance para honrar la memoria de su hijo. Y el planeta entero aplaudió. Obvio. Acaso, ¿quién no quiere que encontremos la cura contra el cáncer? ¿Por qué no querríamos tener la clave para vencer una enfermedad que mata a 9,6 millones de personas cada año? El presidente Donald Trump, en su último discurso del Estado de la Unión también hizo un llamado a derrotar el cáncer infantil anunciando una propuesta de $500 millones de dólares para investigar nuevas terapias. Incluso invitó al recinto a una niña de 10 años diagnosticada con cáncer cerebral para presentar su caso como ejemplo sobre la importancia de encontrar soluciones para curar esta enfermedad.  

Esta semana, a propósito del día mundial contra el cáncer, vimos cómo las redes sociales estuvieron llenas de testimonios de personas que sobrevivieron al cáncer, así como de historias dolorosas de algunos que lo lograron vencerlo. Suspiramos por que algún día un grupo de científicos nos sorprendan con esa cura anhelada. Nuestros líderes prometen mejores sistemas de salud para que enfrentemos la enfermedad, para que nos recuperemos de ella, para que logremos vencer al monstruo.

Sin embargo, seguimos siendo una sociedad que parece preferir tener cáncer y vencerlo, a no tenerlo del todo. Pareciera que le encontráramos más valor a enfrentarlo que evitarlo. Con esto me refiero a que hoy por hoy sabemos que hay distintos tipos de cáncer que pueden ser evitados, que no son el resultado de una lotería biológica. Según la Organización Mundial de la Salud, entre el 30 y el 50 % de los casos de cáncer son prevenibles. Y aun sabiendo esto, no somos capaces de actuar con vehemencia para atacar las causas del cáncer y evitarlo, como si lo hacemos para atacar la enfermedad ya cuando está presente. 

El cáncer de cuello uterino, por ejemplo, es causado por el virus del papiloma humano. Eso lo sabemos y además ya tenemos una vacuna para proteger a las mujeres de esta enfermedad. Aun así, hay padres que le niegan la posibilidad de sus hijas de vacunarse por miedo a que empiecen a tener relaciones sexuales a temprana edad. El mesotelioma es un tipo de cáncer que afecta el tejido que cubre los pulmones y se sabe que lo causa la exposición al asbesto. Aun así, Colombia sigue siendo uno de los cientos de países que todavía permiten su explotación, uso y comercialización. 

El tabaco mata a 6 millones de personas al año, la mayoría por cáncer de pulmón, esófago, laringe, boca, garganta, riñón, vejiga, páncreas y estómago. El alcohol es un factor de riesgo de varios tipos de cáncer, entre ellos de hígado, colon, recto y seno. Aun así, el Gobierno parece no estar motivado para emitir decretos o llamar a ruedas de prensa para anunciar que van a proteger a los jóvenes de la cerveza y el cigarrillo, como si lo ha hecho en el caso de la marihuana. Un consumo abusivo de bebidas azucaradas lleva al sobrepeso y a la obesidad, condiciones que contribuyen a la aparición del cáncer colorrectal, de seno o de endometrio. Aun así, seguimos permitiendo que existan industrias que le venden a los niños «jugos» y gaseosas que tienen el doble de azúcar en un envase que lo que está recomendando para todo el día.

¿Qué sentido tiene jurarle la guerra al cáncer y prometer tratamientos de última generación mientras se ignora todo lo que podemos hacer para evitarlo? Somos una sociedad hipócrita que llora cada muerte o cada caso diagnosticado, pero que a pesar de saber cómo reducir el riesgo de enfrentar la enfermedad, decide no hacer mucho. En la mayoría de los casos asumimos el riesgo por desconocimiento o porque sencillamente creemos que el cáncer es con esos otros desafortunados, que a nosotros no nos pasaría jamás.

Pero, aunque hay mucho que podemos hacer desde nuestras casas, es clave recordar que para lograr evitar el cáncer en vez de enfrentarlo necesitamos en muy buena medida de la voluntad política de nuestros gobernantes. Ellos son quienes tienen el poder de implementar políticas públicas serias que nos ayuden a reducir el riesgo de padecer cáncer al atacar directamente aquello que facilita su aparición. Es el Estado el que tiene el poder de transformar nuestro entorno para ayudarnos a vivir vidas más saludables. Necesitamos políticos que entiendan que no sirve de mucho invertir millones de dólares en abrir centros de atención de cáncer de última tecnología, mientras se favorecen las causas de esos casos al proteger los intereses comerciales de ciertos grupos económicos y políticos.

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Termino con este dato desalentador: Según la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer, en 20 años tendremos prácticamente el doble de personas con cáncer cada año. La Agencia estima que el número de casos nuevos con cáncer en Colombia pasará de 102,000 en 2018 a 190,000 en 2040. Un incremento del 87 %. ¿Qué podríamos hacer para evitar esto? Como ciudadanos, empezar a votar por quienes en verdad valoren la salud por encima de todo, por quienes tengan la salud, no solo como un eslogan, sino que la asuman como una prioridad. Por quienes entiendan que en muchas ocasiones no necesitamos tener que luchar contra el cáncer si de entrada podemos evitar la pelea.     

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