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Centralismo mamón

09 de junio de 2017 - 10:08 a. m.

Por: Alberto López de Mesa*

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Un joven recién egresado de la Universidad Nacional de Medellín arriba a Santa Marta. Tiene un cronograma establecido. En la mañana habla con dos indígenas koguis. Luego se va a almorzar al barrio Pescaito, en el restaurante de un legendario futbolista. Por la noche se va de rumba a Gaira, el bar que de Carlos Vives en el Rodadero. Y eso resultó ser suficiente para que en la mañana siguiente pontifique de la historia, la cultura y hasta del futuro de la ciudad. Incluso, asegura que el atraso económico se debe, en buena parte, a las dos horas de siesta que se toman los empleados samarios.

Este es un ejemplo craso de la soberbia centralista. Con razón el sociólogo Diego Alonso afirma que “si la implementación de los acuerdos con las Farc queda en manos de yupis bogotanos y paisas el resultado serán soluciones paliativas”. El citadino, así como se atreve a hablar de una ciudad que no conoce, también ignora que las Farc está haciendo su tarea en serio: tiene caracterizada a su población, conoce sus saberes, sus experiencias, sus expectativas y tiene propuestas de inclusión reales y perfectamente congruentes para el desarrollo de los individuos y de las regiones. No hay derecho a que una noción advenediza y prejuiciada se imponga sin consulta.

Pero no son los únicos ejemplos. Los habitantes de la capital, inconscientes, nos ponemos una escafandra de indolencia, ni siquiera pensamos que día a día arrojamos toneladas de heces y de basura que contaminan las arterias fluviales del país y desembocan impunemente en el litoral.

Agreguemos a esta lista a los más perversos: los que llegan al Congreso como representante de las regiones y una vez en la comodidad de sus curules, se dan mañas para entregarle a las multinacionales el derecho a explotar las riquezas naturales, obviando las consultas, negociando las licencias ambientales. Desentendidos de las tragedias que causan los que desvían o borran ríos a favor de sus negocios, los que empuercan el mar, los que destruyen páramos, los que se roban manantiales y nos venden el agua embasada.

Sumado a esto, la ruina de los pueblos que padecen la impetuosidad de un desarrollo sin equidad, del que solo huelen el hollín, el que solo les lega los desiertos.

Por supuesto, los órganos de control, el Ministerio público, son laxos en las regiones. La corrupción le pasa por las narices y, si acaso, acusan al que no va en la componenda. Los latifundistas están comprando baratas las tierras que dejan los campesinos desplazados por las bandas criminales. Y el capitalino se encoge de hombros.   

*Alberto López de Mesa, arquitecto y habitante de calle

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