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Cinismo

25 de junio de 2017 - 09:00 p. m.

Por: Juan Sebastián Jiménez

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Los presidentes latinoamericanos llevan el cinismo a otro nivel. Ya son profesionales en la materia. Algunos hasta se han inventado formas novedosas de hacerse los pendejos. Como hacerse las víctimas. Así lo hizo Enrique Peña Nieto, quien tras ser acusado de espiar periodistas, se defendió asegurando que no sabía nada y que, lo que es peor, él mismo había sido espiado en el pasado y que por ello procuraba “ser cuidadoso” con sus conversaciones telefónicas. “No faltará alguien o que alguna vez exhiban alguna conversación mía; ya ha ocurrido, ya ha pasado, pero nada más falso ni nada más fácil que señalar al gobierno”.

Mejor dicho: pobrecito. Cómo se atreven a acusarlo cuando él mismo ha sido víctima de inescrupulosos (que, por supuesto, no identificó). El caso es que, según él, su “muy democrático” gobierno no espía a periodistas. Y por ello le encargó a la Procuraduría General de la República que vaya tras los verdaderos responsables. Es decir: que encuentre a quién echarle la culpa. El problema es que no la tiene fácil. Si las interceptaciones existieron, sólo el gobierno mexicano podría haberlas realizado. ¿Por qué? Porque Pegasus, el programa con el que según The New York Times se espió a estos periodistas, sólo puede ser adquirido por gobiernos.

Y el mismo gobierno mexicano, tratando de arreglarla, no hizo sino embarrarla: reconoció contar con esta tecnología. Pero, de acuerdo con el presidente Peña Nieto, esta fue adquirida con el objetivo de “mantener la seguridad interna del país y para combatir el crimen organizado” y no de invadir la privacidad de nadie.

Viejo truco ese de ampararse bajo eso que llaman seguridad nacional para justificarse. Lo han usado, por igual, dictadores y presidentes. El caso es que sus explicaciones no convencen. Hay, digamos, dos posibles desenlaces: a la colombiana o a la panameña. En Colombia, el expresidente Álvaro Uribe Vélez fue acusado de chuzar a periodistas y opositores. Algunos de sus escuderos fueron condenados, pero el exmandatario salió bien librado e, incluso, terminó diciendo que la víctima había sido él, que el chuzado había sido él. En Panamá, en cambio, se preparan para recibir al expresidente Ricardo Martinelli para que responda por un proceso en su contra por escuchas ilegales y enriquecimiento ilícito, esto, a menos de que a Estados Unidos no se le dé la gana de extraditarlo. Martinelli, como raro, ha dicho que es un perseguido político y ha comparado su caso con el del exministro colombiano Andrés Felipe Arias, condenado por corrupción en Colombia, pero actualmente libre en Estados Unidos. Dos buenos muchachos…

Hay un tercer panorama: que a Peña Nieto no le pase nada, pero que su partido, el PRI, sea castigado en las urnas por este y otros escándalos (la lista es tan larga que para qué). Y es que incluso si Peña Nieto estuviera diciendo la verdad, que el presidente reconozca que ha sido chuzado es, por lo menos, muestra de una ineptitud inconmensurable (como también lo es que un presidente diga que nunca se enteró de que su central de inteligencia perseguía a periodistas o que uniformados bajo su mando asesinaron a civiles a los que presentaron como guerrilleros para obtener beneficios. Pero eso es harina de otro costal…).

Carmen Aristegui, una de las periodistas espiadas, dijo al respecto que “vamos a ver hasta dónde llegan las instancias del gobierno mexicano, vamos a ver hasta dónde la propia sociedad mexicana exige a un gobierno que rinda cuentas y que explique el motivo del espionaje a periodistas, a defensores de derechos humanos”. El gobierno no hará nada. ¿Lo hará la sociedad mexicana?

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