Aunque Colombia publica cada vez más artículos de investigación sobre temas de salud, son cada vez menos citados.
La importancia de la investigación pareciera obvia e indispensable para el desarrollo y el bienestar de la sociedad. Sin embargo, muchos desconocen lo que representa para un país la investigación. Y otros muchos la mencionan para justificar falsas evidencias en sortilegios y sofismas. Pero el lenguaje de la investigación es claro y escrito. Toda investigación debe acompañarse de su respectiva publicación, la cual es el principal indicador del trabajo científico, siempre y cuando haya sido revisada por pares académicos y publicada en una revista reconocida y, por lo tanto, incluida en las bases de datos científicas. En este sentido, el mayor mérito científico del país lo tiene la investigación en salud, no sólo con el mayor porcentaje sino con las más importantes publicaciones, a pesar de que la financiación gubernamental en Investigación y Desarrollo (I+D) sea inferior al 0,25% del Producto Interno Bruto. Cifra muy por debajo del 2% sugerido hace más de 20 años por la “comisión de sabios”.
La buena noticia es entonces que Colombia publica cada vez más en salud, pero la mala es que los artículos colombianos son cada vez menos citados. Mientras que en el año 2010 se registraron 716 publicaciones Colombianas, en el 2015 esta cifra ascendió a 2.232, según la base de datos de investigación biomédica PubMed. Sin embargo, el número de citas por artículo fue cada vez menor: de 9,06 en el 2010, la cifra descendió a 0,52 en el 2014, según SCImago. Además, colombiano publica colombiano, lo que reduce la magnitud de la difusión de los trabajos nacionales. En efecto, el mayor número de publicaciones colombianas en el área de la salud se concentra en cinco revistas médicas colombianas, cuyo impacto es aún muy bajo (léase, el número de personas que las consultan y que las citan).
Las dificultades en la práctica clínica, complicada y a veces frustrante, la crisis del sistema de salud, la escasez de los recursos para la investigación, las trabas para la implementación tecnológica, las demoras en el acceso a los insumos, el número limitado de agencias financiadoras y un estímulo poco atractivo para la inversión privada en I+D y creación de alianzas tipo spin-off, son todas condiciones que hacen difícil una óptima investigación en salud. Adicionalmente, existe un déficit en recurso humano capacitado. Colombia cuenta con muy pocos programas de doctorado, las facultades de medicina invierten poco y educan menos en investigación. Los grupos de alta calidad (A1) en el área médica y de la salud registrados en Colciencias no alcanzan el 10% de todos los grupos del país. Además, en todo el territorio nacional, y a pesar de las cerca de 60 facultades de medicina, no hay más de 10 hospitales acreditados como universitarios (uno de los requisitos para tal acreditación es precisamente demostrar investigación).
No menos importante es el desconocimiento de la incertidumbre inherente a la ciencia y a la labor del científico. Bien lo dijeron Luca y Francesco Cavalli-Sforza: “el profano, el llamado hombre de la calle, suele pedir certezas a la ciencia. Pero el científico trabaja sumido en la duda. Crea hipótesis que lo ayuden a entender los fenómenos que estudia, las comprueba en la medida de lo posible, las acepta sólo cuando han superado con éxito estas pruebas, siempre dispuesto a modificar y a replantear las hipótesis de partida, y si es preciso a sustituirlas por completo”. La ciencia es, por lo tanto, intemporal, un hilo conductor para responder una buena pregunta. No se puede pretender que con una baja inversión y las condiciones señaladas, en un par de años se obtengan resultados importantes de un proyecto original.
Pero, la esperanza es lo último que se pierde. Mucho se ha discutido en recientes foros las mínimas estrategias para mejorar la investigación en salud, entre las que se destacan: aumentar la sostenibilidad de la financiación en el marco de políticas de largo plazo, incrementar el compromiso de las universidades, la formación doctoral y la acreditación de hospitales universitarios, así como reducir la tramitología y fomentar la colaboración tanto nacional como internacional. ¿Mucho pedir que se implemente en las universidades, en general, y en las facultades de medicina, en particular, lo que el profesor Manuel Ramírez Gómez, economista, nos recordaba con su ejemplo: investigar para enseñar, y enseñar lo que se investiga?