Glosa (Rayo Verde Editorial) es el libro del que su propio autor Juan José Saer decía que era lo más parecido a lo que quería hacer. Esta novela comienza con una frase que recuerda al Quijote: “Es, si se quiere, octubre, octubre o noviembre, del sesenta o de sesenta y uno (…) qué más da”. La imprecisión y la adivinanza como métodos para contar historias, para entrar a un mundo imaginario. Los caminantes que protagonizan este libro se preguntan qué pasó en la fiesta de cumpleaños de su amigo Jorge Washington. ¿Acaso no es más divertido imaginar múltiples versiones? Delirar en vez de precisar, discutir en vez de asegurar, interpretar en vez de transcribir.
Es por eso que pasan las primeras 85 páginas y apenas hemos caminado siete cuadras escuchando la conversación entre Leto y el Matemático, que acaban de conocerse y que ni siquiera fueron a la fiesta de Washington. Una charla que es a la vez un laberinto. Si te descuidas, vuelves a empezar o te caes en el hueco de la dictadura militar argentina. Si tomas a la derecha, conoces la vida y las ansiedades del Matemático por lo que dice y por lo que no: “la calle recta que van dejando atrás, está hecha de ellos mismos, de sus vidas, es inconcebible sin ellos, sin sus vidas, y a medida que ellos se desplazan va formándose con ese desplazamiento”.
Glosa no es para lectores impacientes. O sí, para curarse de la velocidad, que también puede ser una enfermedad. Pienso en que tal vez lo que quería hacer Saer, y que según él habría logrado con este libro, era no caer en estereotipos y hacer de la historia una estratagema para que el lector se sintiera retado, desconcertado. Que el camino de 21 cuadras fuera un microcosmos en el que se juega en contra del tiempo y del espacio. Por ejemplo, es tan lento lo que pasa a cada paso como tan rápido el lenguaje, con sus oraciones largas, su cascada de ideas y su transcurrir sin límites entre un hecho y otro.
Juan José Saer, argentino, de la escuela de Faulkner, de Borges, de las calles de París, ‘escapista’ y crítico del Boom latinoamericano. De él muchos podemos quedarnos con la frase: “si no existe riesgo ¿para qué escribir?”.
Y, así como el “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento”, Saer nos recuerda que de una existencia a otra hay tanto que contar, tanto de qué decepcionarse: “muchos años más tarde sabrá, gracias a evidencias sucesivas, que lo que otros llaman el alma humana nunca tuvo ni tendrá lo que otros llaman esencia o fondo”, “el alma, como le dicen, es, pareciera, no cristalina sino pantanosa”.