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Diálogo nacional para rescatar la paz

21 de octubre de 2016 - 09:41 a. m.

Seguro que debí reaccionar con mayor rapidez, ante la debacle de los resultados del plebiscito del pasado 2 de octubre.

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Por: José Cuesta Novoa Es decir, redactar este par de párrafos en donde intento pensar que fue lo que pasó, en esta jornada marcada en sus albores por el optimismo y la esperanza. Ratificada por la industria de los espejismos, representada por las famosas firmas encuestadoras, convertidas en oráculos contemporáneos, dotados de la facultad de vaticinar el destino de los asuntos cruciales en la vida pública, gracias a su presunto poder científico y tecnológico; todas ellas, le anunciaron al país desde la intocable arrogancia de la técnica estadística, el triunfo abrumador del sí en el plebiscito por la paz. Ese aciago domingo al atardecer, las sonrisas de esperanza de los que creímos que por fin ese día cesaría la horrible noche, vimos con espanto como nuestros rostros sufrían una dramática metamorfosis: las sonrisas que adornaban el entusiasmo que nos abrigaba, le cedieron el paso a una gigantesca lagrima colectiva que cubrió la piel sensible de media Colombia.  No lo hice antes por dos razones: la primera, la vulnerable condición humana, que no tiene antídoto contra la depresión que provoca la tristeza que anega el alma. En segundo lugar, porque preferí el silencio, para que en medio de la soledad, pudiera escuchar y apreciar sin interferencias las voces, los gestos y los sonidos del universo entero. Y desde la sabiduría del silencio, intentar leer, los interrogantes de un resultado tan esquizofrénico. Tan desquiciado como el mismo instrumento que pregunta sobre la obviedad, ¿usted prefiere la paz o la guerra; la vida o la muerte?.  Sin embargo, el delirio colectivo no terminó ahí, se requería que el colofón del festival de las mezquindades estuviese a la altura de la siniestra empresa que lo inspiró: El ‘No’ se impuso ante el ‘Sí’ en el plebiscito con 6.422.136 votos, el 50,23 % de votos. Por su parte, el ‘Sí’ obtuvo un total de 6.361.762 votos. La diferencia fue de 53,894 votos. De un total de 12 millones 808 mil 858 votos. Es decir, el 0,42% de diferencia. Con una asombrosa abstención del 63% de los ciudadanos habilitados para votar.  ¿Que produjo esta debacle? En primer lugar, un contexto político complejo. La idea de un plebiscito para respaldar unos acuerdos, cuyos protagonistas centrales son el gobierno del Presidente Santos y las Farc, ambos actores marcados por una impopularidad ante la opinión pública, superior al 70%, según los datos ofrecidos por las encuestadoras de marras, resultó una tarea auténticamente titánica. En la fragmentación y el malestar social que sirvió de escenario a la discusión y pedagogía de los acuerdos de paz, ya estaba sembrando un ambiente propicio a la polarización del debate sobre la paz, del cual, con una habilidad extraordinaria que les envidiaría el mismo Goebbels, pelecharon los pirómanos profesionales que saben de antemano que incendiar una nación les permitirá retener y perpetuar un poder que, en una atmósfera distinta, verán diluir, como el agua entre las manos. En segundo lugar, los defensores del no consolidaron una maquinaria propagandística de guerra, en donde la primera víctima fue la verdad. Las mentiras, las infamias, las hiperbolizaciones, las caricaturizaciones, el reduccionismo de la realidad, fueron la constante de la comunicación política de los promotores del uribismo y compañía. En ese marco de exageraciones se entiende el poder efectista de slogans sin ningún fundamento racional como este par de perlas: “el acuerdo con las Farc entrega el país al castro-chavismo; o los acuerdos contienen la «llamada ideología de género que ponen en peligro a la familia natural y la inocencia de nuestra niñez”. Con estos inverosímiles argumentos medievales, se fraguó una victoria contra el anhelo nacional de terminar por fin una guerra, que por momentos pareciese una maldición congénita del destino colectivo de la nación, de la cual no nos podemos desembarazar.  En tercer lugar, el surgimiento de un pacto, en mi opinión, el Pacto de la Caverna. Conformado por los encantadores de serpientes, fungiendo como voceros de los terratenientes, latifundistas, industriales salpicados por sus vínculos con el paramilitarismo, dueños de poderosos medios de comunicación, en convergencia con una poderosa red de púlpitos, desde donde se manípulo las creencias religiosas y las conciencias de las feligresías, mediante el uso intensivo de prejuicios, dogmas y consignas morales movilizadoras, convenciendo al feligrés que en las urnas se definía la suerte de la civilización cristiana o la primacía de la barbarie comunista. ¿Qué tan eficaz fue la campaña del Pacto de la Caverna?, júzguenlo ustedes mismos, a la luz de los resultados electorales. Podríamos continuar en nuestro análisis en torno a develar las múltiples inquietudes del por qué la crisis manifiesta en la negociación del fin del conflicto armado, tras el revés obtenido con los resultados electorales del plebiscito; y que hoy nos tienen ad portas de su fatal reinicio. Acentuado por la notificación presidencial, en la que fija un límite de tiempo al cese al fuego bilateral, concretamente hasta el 31 de octubre. Pero de lo que se trata es de contribuir a la salida de esta encrucijada en la que se encuentra, nuestro derecho a vivir en paz. Un día después de la jornada electoral del plebiscito, en la tarde cuando aún seguía apesadumbrado, ese letargo y esa tristeza fue rota por un bálsamo reconfortante, un grito sin permiso, rebelde, de jóvenes que decían: «Somos un. Somos un grito por la paz». Miré el video y vi en ellos, en los cientos de jóvenes marchando y gritando, en su actitud valiente, corajuda y civilista, una esperanza contra la guerra, de cómo desembarazarnos de ella, de cómo rescatar nuestra paz embolatada, de cómo liberar una paz secuestrada por intereses mezquinos y prejuicios decimonónicos anclados en el pasado.  Me encanta pensar desde las imágenes, por eso pensé en la imagen de los jóvenes norteamericanos de finales del 60, empoderados contra la guerra del Vietnam, obligando a su gobierno a retirarse de esas tierras donde cometían uno de los peores genocidios del mundo moderno. Entendí entonces que como en la antigüedad, en la grecia clásica, por ejemplo, crisis se convertía en oportunidad. Tal como ya lo habían demostrado los jóvenes en EE.UU, en la juventud colombiana está surgiendo un vasto movimiento pacifista para derrotar las pretensiones del expresidente Uribe de perpetuar la guerra, porque sabe que en ella encuentra la fuente de su poder. El movimiento de paz a la calle, surgido del ímpetu de los jóvenes en el Park Way en Teusaquillo, refuerzan la tesis que este es el camino, el de la sublevación social, para derrotar a quienes quieren mantener viva la guerra. Los jóvenes universitarios de todas las universidades convocan a una marcha para defender los acuerdos paz; y lo hacen invitando a los que votamos si, a los que votaron no y, a los abstencionistas, bajo el entendido que la paz es de todos los colombianos. Esta sublevación social contra la guerra debe extenderse por toda Colombia, debe ser un movimiento social de vastas proporciones, incluyente, capaz de integrar al conjunto de la sociedad sin distingos de ninguna especie, para que sea la sociedad en movimiento, la protagonista de la realización de un propósito común: terminar esta pesadilla de guerra que nos agobia como un sino trágico, para dedicar nuestras mejores energías como país a construir la paz.    En segunda instancia, el Presidente Santos propone una «mesa de tres patas», para conjurar la crisis que atraviesa el proceso de paz con las Farc. En esa mesa estarán sentados los negociadores del gobierno, las Farc y el centro democrático. No Presidente Santos, esa No es la solución, porque es antidemocrática, restringida, excluyente y es la reedición de un nuevo frente nacional; promotor entre otras razones de la guerra que deseamos acabar. En esa mesa no cabe el país nacional.  La mesa para rescatar los acuerdos de paz, debe transformarse en un ágora, en donde estén presentes las víctimas del conflicto armado, finalmente el mismo acuerdo firmado por el gobierno nacional y las Farc, reza literalmente que el corazón de lo acordado son las víctimas. En ese espacio debe estar presente toda la sociedad colombiana, no puede volver a repetirse el error, acuerdos de espaldas al país.   Es la hora de promover y multiplicar la propuesta de un gran diálogo nacional, el sancocho nacional, como herramienta para construir la Paz. Es la insurgencia de la sociedad civil, incidiendo en la agenda de terminación de la guerra en nuestro país. Es un diálogo social que sea capaz de unificar la mesa de negociación entre las Farc y el Eln, para terminar de una vez por todas con las guerras en estas tierras, con el objetivo de escuchar a la sociedad en un proceso constituyente por la paz, en el que se definan concertadamente los ejes sociales de una nueva era de paz y convivencia en Colombia. *José Cuesta Novoa.    

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