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Don Eduardo Goleano (I)

01 de julio de 2015 - 11:00 p. m.

No tengo nada de original porque, como se sabe, en mi país las maternidades hacen un ruido infernal porque todos los bebés se asoman al mundo entre las piernas de la madre gritando gol. Eduardo Galeano.

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Don Eduardo: así como decidió gritar gol en lugar de teta o mamá, también se dejó morir cuando le dio la gana. Usted decidió el camino más difícil para estar en la vida porque no le gustaba la comodidad del intelectual que habla y escribe sin ninguna acción concreta. Se hizo, o lo hicieron, hincha del Nacional uruguayo, al que tanto amaron y padecieron Mario Benedetti y Horacio Quiroga. Usted tomó la decisión de describir a nuestra América y la vio ensangrentada y adolorida. Asumió que faltaban más abrazos y empezó a repartir chilenas metafóricas, guarapazos conceptuales y críticas mordaces al sistema imperante; lo mandaron lejos y lejos encontró sosiego con Helena, la mujer que lo acompañó como compinche de viaje en sus últimos días. Abrazó ideas de izquierda, humanas, estéticas, y dejó entrever que se había convertido en un “limosnero de golecitos” para evitar el lento y buscado cero a cero. Descubrió que en Brasil hay un estadio en el que en el primer tiempo se juega en el sur y en el segundo se está en el norte (Estadio Zerão, por aquello de la mitad del mundo, del cero grande, de los límites y las fronteras, un estadio extraño en Macapá, capital de Amapá, en la que sólo hay llegada por avión o por río). Se dio cuenta de que hoy todo se convirtió en desechable (el amor, la locura y la muerte), por eso Úselo y tírelo, uno de sus libros más leídos. Y nos invitó a bajarnos de este mundo por un instante para que viéramos cómo giramos y giramos sin motivos ni razones.

Usted no tenía permiso para morirse porque en todo el mundo sus libros se leen con la intencionalidad de hacer transformaciones sociales de equidad. En nuestra Universidad Pontificia Bolivariana algunos estudiantes de la maestría en literatura decidieron hacer sus tesis de grado sobre Memoria del fuego, como Irma Gómez Monsalve, por ejemplo. Usted le hizo múltiples homenajes a su perrita Pepa Lumpen, conversó con ella, se acompañaron mutuamente hasta que llegó la que siempre llega, la innombrable, y ella se fue. Usted leyó que en el averno de Dante se encuentran muchos de sus amigos cada domingo, se ponen los cortos y van a la cancha, allá también hay cancha, para el cotejito dominical que termina con los consabidos y necesarios alegatos sobre si entró o no el balón, si era justo o no el marcador o si se ganó con la táctica retráctil o si fue un triunfo pírrico. Usted tuvo tiempo para escribir Los sueños de Helena, Espejos y Las palabras andantes.

Nosotros, ya sin tiempo para casi nada, seguimos jugando una recocha futbolística cada semana para aliviar esta insoportabilidad y conversar sobre la solidaridad y la dignidad. Nos queda pedirles a los dioses, no retarlos, que haya más recochas parecidas en las que se juega la vida para ganar en humanidad y gritar goles como se grita en la maternidad: comunión de madre e hijo, comunión de gol, de vida. Gracias, maestro Goleano, por escribir.

 

*Juan Carlos Rodas Montoya

rayuela138@hotmail.com

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