Por: Alister Ramírez Márquez, Nueva York
Llevo más de 30 años viviendo en Nueva York y hasta la fecha nunca he conocido en persona a ningún congresista de los colombianos en el exterior. No es porque viva oculto en un sótano en Manhattan escribiendo novelas o dejase de asistir al Festival del 20 de julio en el parque de Flushing. Una vez me tocó vender relojes en medio de la fiesta colombiana mientras en la tarima bailaban la pollera colorá y anunciaban a los de Sábados Felices.
En principio el trabajo de un congresista de los colombianos en el exterior podría tener gran proyección a nivel económico, social, cultural y educativo. Sin embargo, no veo algo significativo que beneficie directamente a la comunidad inmigrante colombiana ni a las regiones que reciben las remesas en Colombia.
¿Dónde está, por ejemplo, el Sr. Juan David Vélez, miembro de la Comisión II de la Cámara de Representantes durante esta crisis de los colombianos por la pandemia en Nueva York? Las comunidades más afectadas por el coronavirus en Nueva York han sido los negros, los latinos y los sectores marginados de la sociedad.
Los colombianos en el exterior seguimos vinculados al país por nostalgia, fantasías, neurosis o la necesidad de poner el pan en la mesa. En mi caso lo hago a través de la literatura, la cultura y la lengua como docente y miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española. Miles acogimos un nuevo hogar en otros continentes, en particular, por razones económicas, en algunos casos políticas, estudios a nivel superior y en contadas excepciones por persecución religiosa o étnica.
De acuerdo con las cifras del Banco de la República, el ingreso por remesas a Colombia en 2019 fue de $6.772 millones de dólares. Los departamentos que más se benefician por las remesas son Antioquia, Valle de Cauca, Caldas, Risaralda y el Quindío. No es un secreto que hay pueblos del Eje Cafetero donde una gran parte de la población vive en España, Inglaterra y los Estados Unidos. Muchos de ellos trabajan en oficios domésticos, restaurantes, son obreros de construcción, albañiles, cuidadores de perros, peluqueros, manicuristas, jardineros, transporte y trabajos no especializados. Sostienen a cientos de familias, pagando los gastos diarios de la canasta familiar, ropa, pensiones para los colegios, institutos, universidades, salud, vivienda, carros y lujos, que a la postre ha generado a la vez una clase parasitaria que solo vive de estos ingresos. Pero no veo propuestas para que esas remesas se conviertan a la vez en inversiones y que tengan una repercusión en la planificación y autosostenimiento de esas mismas comunidades.
Jamás he visto a un representante de los colombianos en el exterior que haya visitado por ejemplo a Barcelona, Quindío, donde familias enteras migraron con destino principalmente a España y Estados Unidos, para preguntar, entre otras, cómo podrían generar empleo y educación aunque fuera a distancia. Barcelona así como muchos pueblos cafeteros se parece a sus homólogos mexicanos, donde solo quedaron los ancianos, las mujeres y los niños. Otros ya son Comalas, habitadas por fantasmas y el ruido del viento. Tampoco he notado a ningún congresista de la República ocupándose de los colombianos víctimas de coronavirus en Queens. A lo mejor soy muy ingenuo y jamás conozca a alguno de ellos en Nueva York.
La verdad es que la influencia de estos representantes colombianos en el exterior es mínima en las políticas estadounidenses o de otras naciones, pero hechos concretos sí podrían tener cierto efecto positivo en las regiones del país donde residen los familiares de los inmigrantes colombianos. De otra parte, somos los colombianos nacionalizados y residentes en otros países los que tenemos el destino de los colombianos en el exterior a través de la integración, por ejemplo, al sistema político del país que nos acogió.