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El amor aquí y allá

06 de enero de 2014 - 05:00 p. m.

“¿Qué hay en un nombre?”, le pregunta Julieta a Romeo en la inmortal obra de Shakespeare. “Si llamáramos a la rosa por otro nombre, seguiría teniendo su dulce fragancia”.

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Parece ser cierto: en los grandes amores los nombres no importan, las historias sí. Tal vez por eso el compositor Leonard Bernstein se tomó la libertad de rebautizar a los amantes como Tony y María. Reubicándolos en la Nueva York pandillera de los años 50, mostró al mundo una de sus creaciones más aclamadas, primero como obra de teatro y luego como película: la inmortal West Side Story.

El pasado domingo en la plaza San Pedro tuvimos la oportunidad de revivir las melodías de West Side Story en el arreglo para dos pianos de las hermanas Katia y Marielle Labèque. Fueron desfilando los temas de amor, pero también los ritmos de una cultura que en su momento era considerada callejera y hoy es objeto de deleite consolidado. Fue grato corroborar el genio del estadounidense Leonard Bernstein expresado en su dominio de estilos como el blues, el mambo y el chachachá. A las hermanas Labèque las acompañaron los percusionistas Gonzalo Grau y Raphael Seguinier, acentuando ese toque latino con el que coqueteaba el compositor. Ese detalle desencadenó la ovación final.

Y claro, las escenas de la película, los trazos de la historia de amor, quedaron en la mente durante el breve intermedio, justo lo suficiente para que el corazón se preparara a escuchar la siguiente obra. De una historia romántica, en el sentido amoroso, pasamos a una serenata del Romanticismo, es decir, del período histórico en que los sentimientos eran la materia prima de todas las artes. La Orquesta Orpheus apareció en el escenario para interpretar la muy sentimental Serenata en do mayor opus 48 de Tchaikovsky.

El Cartagena Festival Internacional de Música siempre se ha distinguido por una curaduría impecable, pero me gusta pensar que en este caso la relación sutil entre las dos obras fue más un producto del azar. La Rusia de 1880 y la Nueva York de 1950 no tienen por qué parecerse, salvo en lo que es esencial a la especie humana. El amor, que se expresa de mil maneras. Y la noche del pasado domingo fue una corroboración del alcance de esas expresiones.

* Escritor y periodista musical.

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