La noche del martes 21 de octubre me encontraba en una fiesta familiar. En medio del jolgorio, mi tía recibió una llamada.
“Cálmese, ¿qué le pasó? No llore”. La algarabía terminó, todos enmudecimos. Era Flor Muñoz, una empleada de mi tía que quería excusarse pues iba a faltar al trabajo al día siguiente por culpa de un encuentro desagradable en el Transmilenio.
Resulta que Flor iba para su casa en un alimentador que había cogido en el portal de Suba. el panorama era peor que el de costumbre: había paro de transportadores, así que aquel bus verde estaba a reventar. Sentía algo duro, había un muchacho detrás de ella, le parecía que chocaba con su maletín, ¿o era una sombrilla?, pero en aquel hacinamiento era imposible moverse para mirar. Luego de un rato Flor sintió su falda mojada, no entendía qué pasaba, se tocó, era viscoso. Estaba petrificada, no asimilaba lo que sucedía. el muchacho de atrás había eyaculado sobre ella: la habían ultrajado de la manera más humillante y asquerosa. Le gritó, lloró, pero por más escándalo que hizo, ninguno de los ocupantes del vehículo pasó de ser un simple espectador.
Pasaron cerca del CAI La Gaitana, el conductor paró y Flor se bajó con su atacante, el cual intentó escapar. Lo denunció, y aunque Éste lo quisiera negar, la entrepierna aún mojada lo delataba. Su nombre es Javier, tiene 24 años, 1,70 de estatura, caucásico, trabaja como cajero de un banco y, según Flor, a simple vista no parece una persona sospechosa, pero es un abusador empacado en un sastre barato.
Los trámites de denuncia duraron desde las 8:00 p.m hasta las 5:00 a.m y, como si no fuera suficiente vejamen todo lo sucedido, Flor tuvo que entregar su ropa para que examinaran el semen derramado. El cinismo del cajero pervertido no tenía límites; su versión para la Policía fue que se había estimulado y excitado con el cuerpo de Flor y que al final había eyaculado sobre ella, pero que eso sólo era culpa de la mujer: se la pasaba moviéndose todo el tiempo y estaban apretados en el alimentador de Transmilenio.
Hasta ahora no hay veredicto por parte de la justicia. Flor todavía no sabe qué sucedió con su abusador y nunca más podrá usar su falda blanca. En esta ciudad de “machos alebrestados por mujeres incitadoras y lujuriosas”, para mantenernos secas debemos quedarnos quietas.