Por primera vez en mucho tiempo, el oficialismo en Venezuela se va a enfrentar a una figura que parece encarnar una tímida unidad en la oposición, así sea prematuro ver en Leopoldo López a un rival de peso para el chavismo o un sucesor de Henrique Capriles Radonsky.
El líder del partido opositor Voluntad Popular basa su estrategia en atacar al régimen en el tema de los derechos humanos. Vale recordar que el discurso de Hugo Chávez reivindicaba derechos que se habían perdido, o por lo menos debilitado, en el sistema político de Punto Fijo, marcado por el bipartidismo y que lo antecedió por décadas. Uno de los momentos más emblemáticos de una explosión social duramente reprimida fue el Caracazo, que mostró la peor cara de la política tradicional venezolana.
Ahora Leopoldo López ha resucitado en un momento crítico para el régimen dirigido por Nicolás Maduro, porque se pensaba que la oposición tenía un margen en el plano nacional, que se limitaba al control político hasta 2019. En ese lapso, los partidos ajenos al proyecto chavista debían visibilizarse en política local y regional para ir proyectando sus intereses al plano nacional. No obstante, esto no sucedió y la incertidumbre por el caso López así lo muestra.
La marcha que convoca para entregarse pretende encausar toda la presión hacia el gobierno nacional, que seguramente se amparará en dos principios claves para no ceder. En primer lugar, en la independencia de poderes, porque a pesar de que la detención fue pedida por un ministerio, fue emitida por una jueza. Esto implica, por obvias razones, entrar en el espinoso tema de la autonomía del poder judicial en Venezuela, pero seguramente el Gobierno apelará al principio como constitutivo de la democracia directa, modelo que ha buscado instaurar a pesar de las duras críticas. Y en segundo término, el gobierno de Maduro puede intentar una justificación, apelando a la defensa legítima de la que gozan todos los estados para mantener el orden público y la supervivencia de las instituciones. En momentos en que la seguridad pasa por uno de los peores momentos de la historia, no será difícil para Maduro apelar a la razón de Estado y argumentar la privación de la libertad de López.
A pesar de que en algunos segmentos del continente y del mundo se vea a Leopoldo López como un Vaclav Havel o un Lech Walesa latinoamericano, lo que importa para el régimen es calificarlo como un terrorista. El caso seguirá despertando la atención de la región y probablemente del mundo. No obstante, resulta poco probable que a partir de su figura, la oposición pase a la ofensiva frente al Gobierno, que, con un margen de maniobra estrecho, aún tiene a su favor al aparato estatal. A su vez, cuenta con la torpeza de Estados Unidos, que al intervenir por López revigoriza a un alicaído Maduro. Es más, con la indebida injerencia de Washington es probable que Caracas recupere, en buena parte, el margen de maniobra que había perdido.
Mauricio Jaramillo Jassir * Profesor U. del Rosario.