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El Mediterráneo, cruzado por historias y sonidos

13 de enero de 2015 - 11:00 p. m.

Un festival de música podría ser, tan sólo, una serie de buenos conciertos.

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Y no habría nada que reprochar. El mero hecho de poder escuchar, con pocas horas de diferencia, a un pianista como Alexander Melnikov, un encuentro como el que protagonizaron Enrico Pieranunzi, el contrabajista Scott Colley, el clarinetista Gabriele Mirabassi y un excelente cuarteto de cuerdas colombiano, el Manolov, o al quinteto de Kudsi Ergüner, alcanzaría para estar más que satisfecho. No obstante, a veces los festivales logran un impacto profundo en las comunidades.

En ocasiones hay una idea detrás, algo que une unos conciertos con otros y que, eventualmente, consigue que se iluminen mutuamente. Pasa en contadas oportunidades que un festival, lejos de ser una bienvenida rareza, se convierte en parte de la esencia de una ciudad. El de Cartagena es uno de ellos.

El tema, en 2015, es el Mediterráneo. Pero, en rigor, es mucho más que eso. No se trata de que aquí y allá aparezcan referencias al sur de España, al de Italia, a Grecia o a Turquía. No es una cuestión literal. O, por lo menos, no lo es de manera exclusiva. Es cierto, allí estuvieron una sinfonía de Franz-Joseph Haydn y un concierto para violín y orquesta de Wolfgang Amadeus Mozart que citan las sonoridades de las marchas turcas, allí estuvieron Manuel de Falla y el folklore napolitano, allí estuvo la exquisita música sufí.

Pero, sobre todo, estuvo la idea de la cultura como una encrucijada siempre enriquecedora. Ese Mediterráneo cruzado por historias y sonidos es casi una metáfora. Y un espejo en el que los propios cruces de la América conquistada por España y habitada tanto por señores como por esclavos puede verse con otra luz y cobrar nueva vida. Más allá de las pretensiones de pureza, no hay cultura sin mestizaje. Desde las lenguas romances hasta la champeta, no hay creación humana que no haya nacido del contacto con lo distinto.

“No hay diálogo si no se parte del reconocimiento de que hay otro que es diferente”, dijo Ergüner durante uno de los conversatorios del Festival. Y, mientras tanto, los talleres y clases magistrales, los niños y niñas de la Filarmónica Joven en sus ensayos, los conciertos en lugares como la iglesia María Auxiliadora, establecen otros diálogos. De lo sagrado a lo profano, de lo festivo a la más profunda de las melancolías, de un mar a otro mar. El Mediterráneo reflejado en el Caribe. La música, y el espíritu, al fin y al cabo, sin murallas, en la más bella ciudad amurallada.

 

*Diego Fischerman, Periodista argentino.

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