Es comprensible que la Feria del Libro invite a un país para que muestre distintos rostros de su cultura. Es comprensible, entonces, que en el país invitado de este año, Perú, exista una tarima para exposiciones musicales, un espacio fotográfico y otro más artesanal. No es comprensible, en cambio, que su oferta de libros —en la Feria del Libro— sea tan escasa y pobre, que su librería tenga tan pocos títulos en un espacio tan mal adecuado, que la oferta contenga obras de autores ingleses, muy pocas de César Vallejo y ninguna de Julio Ramón Ribeyro.
La sensación inicial al entrar al pabellón es de oscuridad, y en ese tono continúa el resto de la visita. El país invitado olvidó que la Feria del Libro está dedicada a la expansión del conocimiento sobre la literatura de un país, sobre sus letras. El montaje de la librería parece una obligación hecha con poco arte: como esos compromisos que se toman a la ligera. La torpe iluminación de todo el pabellón —luces medias que no permiten ver siquiera por dónde se camina— vuelve más sofocante el entorno, que se queda pequeño para la abundante demanda. ¿Qué ocurrirá este fin de semana, cuando cientos visiten la Feria, en este espacio que no resiste demasiado?
El pabellón del país invitado está hecho con el propósito de conocer aquel país y su literatura, pero en esta ocasión es todo lo contrario: nadie con buena salud duraría allí más de quince minutos. La entrada a la librería, en la parte final del pabellón, está hecha para un máximo de tres personas al tiempo; entonces todos los visitantes deben circular y apenas darse un repaso por el breve mundo del Perú.
La librería en sí es un caos: está organizada primero por géneros, luego por editoriales, también por tema. Los títulos se repiten en estantes distintos. Sólo Mario Vargas Llosa tiene dos estantes dedicados a su obra, aunque Perú tenga autores de su misma talla que también merecerían ese espacio. El año pasado, Portugal abrió de verdad las puertas a su cultura literaria. ¿Por qué este año la Feria perdió ese norte? El pabellón de Perú parecía más una feria de artesanías, rodeada de un jolgorio monumental, que una fiesta de los libros.
César Vallejo, el poeta esencial de Perú, tiene dos obras en esta muestra —Trilce y Los heraldos negros—, mientras que en ningún lugar se encuentra un libro de cuentos o una novela de Julio Ramón Ribeyro. José María Arguedas y Alfredo Bryce Echenique están allí, a la orden de los lectores, en ediciones críticas y bien cuidadas. Pero, en términos generales, en el pabellón de Perú los libros son la excepción de la norma. Y eso, en una Feria del Libro, es un traspié de principiante.
*Juan David Torres