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El pan y las tortas

16 de septiembre de 2013 - 06:00 p. m.

El pan: Bachar al Asad accederá a la entrada de los inspectores de Naciones Unidas, entregará las armas químicas y se verá arrastrado a unas negociaciones de paz que conducirán a ceder el poder a un gobierno provisional.

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La guerra civil terminará y el dictador y su entera familia se exiliarán a Rusia. La comunidad internacional aprovechará la experiencia de Irak para no repetir en Siria los errores allí cometidos en la reconstrucción, como desmontar el Estado y el Ejército. Será la oportunidad para incluir a Irán y entrar en negociaciones fiables sobre sus armas de destrucción masiva.

Las tortas: Bachar al Asad evita el ataque aéreo de Estados Unidos y aprovecha la dilación diplomática para vencer a los rebeldes y controlar el territorio con las armas que le suministran rusos e iraníes. Despacha en cuanto puede a los inspectores de la ONU y rompe las negociaciones de paz. Endurece la dictadura.

Todos queremos pan, Obama el primero, pero nos pueden salir tortas. Desde el 21 de agosto, día en que se produjo el bombardeo con armas químicas en la localidad de Ghuta, cerca de Damasco, la figura del presidente no hace más que difuminarse en un zigzag de decisiones erráticas. Primero amenazó a Al Asad con un ataque inminente, que aplazó en seguida para requerir un aval del Congreso. Luego aceptó la propuesta rusa para que Siria se sometiera a una inspección de Naciones Unida y entregara las armas, formulada justo en el momento en que iba a echar el resto con seis entrevistas televisivas y una alocución a la nación en defensa de la autorización parlamentaria para castigar al dictador sirio.

Rusia entró en escena con una capacidad de iniciativa y un protagonismo que evocan los tiempos de la Guerra Fría. El Kremlin se acogió a un sarcasmo de John Kerry, en el que el secretario de Estado admitió que había remedio para el ataque contra Al Asad: “Seguro que sí, podría entregar todas y cada una de sus armas químicas a la comunidad internacional la semana próxima —entregarlas todas y sin retraso—, pero no lo va a hacer y además no se puede hacer”, dijo. No sospechaba que, en cosa de horas, Siria anunciaría su intención y Putin y Obama su luz verde para hacerlo.

La vía diplomática, tan súbitamente emprendida, permite a Obama salvar la derrota que se preparaba en el Congreso. Se ha sabido luego que ya trató con Putin hace más de un año el grave problema que significa el arsenal químico de Siria, al que se considera la tercera potencia mundial en esta tenebrosa especialidad, detrás de EE. UU. y Rusia. Es difícil creer que el último quiebro diplomático de Washington sea fruto de una decisión estratégica de la Casa Blanca y no resultado de la astuta diplomacia rusa, que vio una ventana para evitar el ataque y erigirse en el árbitro del conflicto, lanzando a la vez un cable al presidente de EE. UU. del que deberá estar agradecido.

Se sabe de tiempo que Obama no es un presidente transformacional, pero sí lo es el actual momento y lo son las difíciles circunstancias de la crisis siria. La ONU, a la que se da siempre por fallecida, acaba de recibir un balón de oxígeno. También sacan buena tajada Rusia e Irán, o mejor dicho, Putin y Rohani. Es difícil imaginar las consecuencias para la presidencia de Obama. No pueden ser buenas. No sale debilitado tan sólo el presidente, sino los propios poderes presidenciales y los márgenes de acción de EE. UU. en el mundo. Europa hace tiempo que no entra en los balances, pero su camino es el del desentendimiento, una forma de aislacionismo gemelo del estadounidense.

 

 

Lluis Bassets *

 

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