Conocí a Imelda Daza en su casa de Jönköping, donde vivía exiliada.
Por Guillermo González Uribe
Junto con Flavio, su compañero, me acogieron con amor y me dieron posada sin conocerme, cuando viajé por Suecia presentando el libro Los niños de la guerra. No volví a hablar con ellos, pero el recuerdo persiste. Además de su afecto y queridura —uno de esos amores de novela que ya casi no se ven—, representan lo más dramático del exilio político colombiano.
Supe su historia: siendo una joven líder que seguía las orientaciones del asesinado dirigente liberal Luis Carlos Galán, su grupo en el Cesar estuvo cerca del naciente movimiento del proceso de paz de los años 80, la Unión Patriótica. Cuando cobraron fuerza, vinieron las amenazas. Al comienzo ella no les paró bolas, pero fueron cayendo uno a uno los otros seis concejales de su grupo, elegidos junto a ella; luego encontraron una corona de flores en el antejardín, invitando a su entierro y finalmente una llamada llenó la copa: «Se llegó la hora, vamos por usted». Con el tiempo, la cruzada de exterminio contra lo diferente cobró la vida de más de 3.000 militantes de izquierda, defensores de los derechos humanos y líderes de diversas corrientes que buscaban caminos de paz y reconciliación.
No se borra su recuerdo porque Imelda y su esposo volvieron varias veces al país, pero siempre, a los poquísimos días de su retorno, comenzaban de nuevo las amenazas. ¿Quiénes se enteraban de que ellos regresaban, si lo hacían con la mayor discreción y sigilo? Con el tiempo se supo que el paramilitarismo, en buena parte, fue creado y auspiciado por las Fuerzas Armadas y organismos de seguridad del Estado; incontables testimonios dan cuenta de ello, y respondía a la directrices anticomunistas emanadas de la Escuela de las Américas de Panamá, creada por los Estados Unidos y seguida, con sus propias variantes, por los ejércitos de América Latina, como lo fue el caso de las dictaduras del Cono Sur.
Hay algo más que no me deja olvidarlos. En ese pueblo del extremo norte del planeta Tierra, que permanece cubierto de nieve muchos meses al año, uno de sus rituales de exilio más importantes era preparase para los viernes en la noche. Invertían una cantidad considerable de dinero en comprar la tarjeta de mayor capacidad para llamar por teléfono a larga distancia y, durante horas, acompañando sus palabras por uno que otro trago, hablaban y hablaban con su gente en la lejana Colombia, donde habían dejado su corazón, su alma… En los 26 años de exilio esta pareja no perdió la conexión con su país, con su gente caribe, con sus costumbres. Esas sobrecogedoras jornadas de los viernes en la noche, buscando mantener los lazos con su realidad, están muy presentes en mi memoria.
En el 2014 regresaron; ella a hacer política. Pero… lo más grave del atentado contra Imelda Daza Cotes, ocurrido el pasado viernes seis de mayo del 2016, en Cartagena, cuando se encontraba reunida con dirigentes de izquierda en una cita de la que muy pocos sabían, es que muestra que la culebra está viva. Por más que se trate de ocultar, la realidad es que las fuerzas paramilitares de exterminio gozan de buena salud y están actuando; en los últimos meses han cometido docenas de asesinatos. ¿De dónde vienen? No nos engañemos. El jefe paramilitar Henry de Jesús Pérez, en la única entrevista que dio, antes de que lo asesinaran, cuando acusaba a los paramilitares de ser los autores de los crímenes contra la UP, dijo que ellos no actuaban solos: «¿Usted cree que nosotros tenemos la capacidad militar y la decisión política para poder, al mismo tiempo, en todo el país y con igual intensidad, llevar a cabo una acción de esas en contra de gente de un partido político?».
La culebra está viva; la culebra del paramilitarismo. Y sus raíces claramente están en la extrema derecha armada, con las ramificaciones que aún tiene con líderes regionales, fuerzas militares y organismos de seguridad del Estado, incitados por dirigentes políticos que los justifican. Sin una decisión política y militar clara para acabar el paramilitarismo, los esfuerzos nacionales e internacionales que se hagan para lograr la paz en Colombia son sólo saludos a la bandera.