En Bogotá es normal ser interrumpido en el bus por vendedores capaces de ofrecer desde dulces hasta el alma. Sin embargo, esta vez fue distinto. Yo iba mirando por la ventana y escuchando música, hasta que empecé a oír la voz de uno de los personajes habituales en este transporte público. En un acto reflejo y sin mirar siquiera quién era, desprendí rápidamente mis audífonos y guardé con agilidad el celular en lo más profundo de mi maleta. Luego, mis ojos se encontraron con un hombre de unos 70 años, el cabello completamente blanco, los ojos caídos, rodeados por unas delgadas líneas que se multiplicaban por todo su rostro. Su cuerpo, con dificultad, se recostaba sobre la lata del colectivo, y su mano derecha se apoyaba con fuerza en una varilla del techo. Con una voz seca y un poco triste comenzó su relato: vivía en un pueblo aledaño a la ciudad. Era un hombre de campo, acostumbrado a la bondad de la gente. Había tenido que venir a la ciudad por unos papeles, lamentablemente la noche en la que se bajó en la terminal del sur de Bogotá, unos individuos lo despojaron de lo poco que llevaba. Y no satisfechos, lo apuñalaron en el abdomen. Con la «ayuda de Dios» había logrado llegar a la clínica Marly, en donde lo atendieron. Sin embargo, ahora se encontraba lejos de su familia, que hace días no sabía nada de él, y sin dinero para devolverse ni para comer. Mientras que las palabras salían de su boca, iba cambiando la expresión de todos los pasajeros. Me sentí miserable por haber desconfiado de él y por pertenecer a una ciudad indiferente. Imagino que lo mismo sentían mis desconocidos acompañantes, porque al unísono empezamos a buscar entre los bolsillos, mientras el hombre se ofrecía a enseñarnos la herida para demostrar que su historia era cierta. Por mi mente pasó la imagen de mi abuelito y me apresuré a buscar monedas para no ser la más infeliz. El señor, después de haber recorrido todo el bus, se devolvió hasta la puerta, tocó el timbre y nos dirigió una mirada amable. Enseguida nos dijo: “Coman mierda, hijueputas malparidos”, terminando su inesperado monólogo con un «rolos tacaños». Semanas después, se subió al mismo bus, en el mismo punto: calle 45 con carrera 13. Contó la misma conmovedora historia y se despidió con igual descortesía. Al parecer, el pobre viejecito “conocido de autos” ya no está para aventurarse en otras rutas. *Andrea Carolina Serrano