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El verdadero Guillermo Tell

11 de diciembre de 2015 - 10:29 p. m.

Nunca antes hubo un hombre con mejor puntería que la de Guillermo Tell. Jamás salía de su casa sin su ballesta: un arco grueso, ocre, de madera de tejo y cuerda trenzada que reverenciaba y quería más que a sus mismos padres.

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Nunca antes hubo un hombre con mejor puntería que la de Guillermo Tell. Jamás salía de su casa sin su ballesta: un arco grueso, ocre, de madera de tejo y cuerda trenzada que reverenciaba y quería más que a sus mismos padres.

Un día, como de costumbre, ataviado para enfrentar el mundo, tomó a su pequeño hijo de la mano y juntos bordearon el lago de los Cuatro Cantones hasta dirigirse a la plaza principal de Bürglen, comuna suiza de Uri. En el centro de la plaza, pendía en el pico de un poste, el sombrero del gobernador: símbolo de la autoridad del imperio.

Por consigna de las autoridades, todo aquel que pasara por allí estaba obligado a inclinar su cabeza como muestra de respeto. Cuando Guillermo Tell pasó frente al sombrero, se negó a acatar el extravagante capricho imperial. Entonces Hermann Gessler, gobernador de Uri, enfurecido, decidió castigar la afrenta y aún conociendo la buena fama de tirador de Tell, le obligó a disparar su ballesta contra una manzana que sería puesta en la cabeza de su pequeño vástago.

Si acertaba en el blanco, lo dejaría en libertad. De lo contrario, sería arrestado. Como un abanderado de la dignidad y la libertad humana, Guillermo Tell aceptó el reto. Cargó dos flechas en la ballesta y apuntó acercando el ojo derecho al extremo del carril saetero para alinearlo con el blanco a acertar.

En cuestión de segundos, la manzana que reposaba sobre la cabeza de su hijo se partió en dos. La otra flecha fue a parar al pecho del gobernador después de que Guillermo Tell escapó del arresto al que, de todas formas, fue condenado.

Según la historia, así sucedieron los hechos. Pero la historia es mentirosa. Guillermo Tell fue un hombre temeroso que rara vez atinó a herir a los pájaros en el aire con su vieja ballesta. Al no querer inclinarse ante el sombrero del gobernador, no le quedó más remedio que obedecer sus macabras órdenes. Hecho un manojo de nervios cargó dos flechas. Su hijo, que sostenía la manzana en la corona de su cabeza trepidante, se cubrió la cara para no presenciar el desenlace. Guillermo entrecerró sus ojos y torpemente disparó el venablo hacia el frente.

En cuestión de segundos, la flecha se enterró en la yugular del niño y el pequeño murió.

Al ser testigo de su propia ignominia, Guillermo Tell arrancó la segunda flecha de su ballesta y ante la vista de todos los presentes se la enterró en el corazón. En ese momento el gobernador trituró la manzana de una pisada y mirando el sombrero que pendía del poste, se echó a reír.

@isobellack

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