Soy una infinita mezcla de ensayos y errores, y ahora que lo pienso mientras escribo, por fortuna no he llegado jamás a ninguna cúspide. Soy un reguero constante de incertidumbres, porque, entre otras cosas, jamás he tenido ni idea de dónde están ni por dónde andan las certezas, muy a pesar de que me la he pasado buscándolas. Si algo he hecho en la vida ha sido preguntar, escarbar, indagar, dudar y seguir dudando. En esas búsquedas, algunas veces me encontré con uno que otro sabio, y fui feliz cuando creí que alguien tenía todas las respuestas, pero aquellos sabios, los de antes y alguno de hoy, no me dieron respuestas. Por el contrario, me atiborraron de preguntas, y con sus preguntas, me dijeron con unas u otras palabras que yo debía caminar mi propio camino, y en ese camino, encontrar mis propias verdades.
Luego me gritaron que esas verdades iban a cambiar con cada paso que diera y, por último, me aclararon que el único absoluto que podía hallar era que no había absolutos. Y no hubo absolutos. Cuando creí haber hallado uno, a los dos segundos se me despedazó, y con los pedazos de nada que quedaron intenté construir otros absolutos, pero uno por uno fueron destruyéndose de nuevo. Incluso, algunos a sí mismos. Ni el amor era un absoluto, ni la literatura ni el arte ni la filosofía ni dios. Todo era un caminar. Un hacerse al andar, para recordar al poeta. Un cambiar y cambiarse, un mutar y mutarse. Una mezcla de ensayos y errores, como yo, de la que algunos mercaderes se aprovecharon con el tiempo para colgarle etiquetas y venderla bajo el rótulo siempre atractivo, pero falso, de “lo perfecto”. Entonces empezaron a vendernos perfección.
Y entonces nosotros, como ingenuos, idiotas, trenes blindados, empezamos a comprar la promesa de la perfección. Tomamos cursos y más cursos, y posgrados, talleres, seminarios, doctorados, porque solo a través de ellos podríamos ser perfectos, y lo que ocurrió fue que nos idiotizamos de tanto manual y tanta instrucción. Nos convertimos en robots productores de lo que fuera en busca de la anhelada perfección, sin sospechar siquiera que esa perfección era un imposible. No existía ni existirá, por fortuna también. Hoy solo sé que todo lo que me mostraron como verdad y como absoluto, y lo que me enseñaron para llegar a la perfección, lo desaprendí. Lo tuve que desaprender y romper y pisotear. Con los años, concluí que lo único que se acercaba a aquello que me habían vendido como verdad era la lógica, y mi lógica fue conocer, o descubrir, a punta de ensayo, caída y error.