Las críticas contra el primer ministro turco, Tayyip Erdogan, no paran de aflorar desde que se inició el sitio de Kobane a mediados de septiembre.
La opinión internacional le reprocha su inacción contra los yihadistas del Estado Islámico (EI), sus vínculos con los Hermanos Musulmanes y el oportunismo con que se ha aprovechado de este nuevo polvorín para realizar una cruzada contra los kurdos de Turquía. Esas acusaciones, sin embargo, deben matizarse y examinarse cuidadosamente.
Turquía habilitó la base de Incirlik (en el Mediterráneo oriental) para que despeguen los drones y los aviones de la coalición liderada por EE.UU. que rastrean y bombardean a los yihadistas. Los turcos desplegaron sus tropas en la frontera con Siria e Irak, lo que garantiza que el EI no está obteniendo armamento por esa vía, y acogieron a un millón de refugiados kurdos y sirios que se encuentran en campamentos en su territorio. Esto tiene un costo y la mayoría está corriendo a cargo de Ankara.
Erdogan tiene un vínculo con los Hermanos Musulmanes (cuna de Abu Bakr al Baghdadi, fundador del EI), pero sería un error no advertir que ese vínculo ha variado y que hoy hay más distancia que proximidad. Es cierto que en 2013 hubo manifestaciones en la capital turca para deslegitimar al gobierno que derrocó al presidente Mohamed Mursi (otro líder de la Hermandad), pero desde el inicio del juicio contra este último el gobierno turco ha optado por apoyar un gobierno egipcio basado en elecciones democráticas. Las recientes muestras de apoyo de la Hermandad a Erdogan no fueron incitaciones a la violencia contra un Occidente decadente e invasivo, sino un respaldo a su posición de crear un Estado palestino para terminar con la violencia en Gaza. Eso puede calificarse de muchas maneras, salvo como extremismo.
Queda la cuestión kurda, que prefigura la política internacional turca en la región y que no puede examinarse sólo a través de las tensiones que ha provocado la expansión del EI. El proyecto de un gran Kurdistán que reúna a los kurdos de Irak, Siria y Turquía en un Estado independiente existe desde el siglo XIX y varias de las organizaciones involucradas en la guerra contra el EI persiguen ese objetivo. El Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), que opera en los territorios turcos fronterizos con Siria e Irak, y el Partido de la Unión Democrática (PYD), presente en el norte de Siria y vanguardia del combate contra los islamistas del EI, son los representantes más importantes.
Las arbitrariedades contra los kurdos no pueden justificarse, pero es difícil criticar a un Estado por preservar su integridad territorial. Si el gobierno turco impide que los kurdos residentes en su territorio se lancen como voluntarios para apoyar a las milicias del PYD es porque teme que una lucha de este grupo y del PKK termine por amalgamar un ejército capaz de oponerse a Ankara y de cercenar el este de Anatolia, que los kurdos reclaman como uno de sus territorios históricos.
Las críticas citadas provienen de organizaciones y medios informativos de países cuyos gobiernos han rechazado la confrontación militar directa con los yihadistas (limitándose a enviar aviones para sostener a la coalición, sin comprometerse con el despliegue de tropas que se le exige a los turcos). Más paradójico resulta aún que ninguna de ellas ponga sobre la mesa lo que es evidente: Erdogan es partidario de una política internacional realista y no quiere atacar directamente al EI para evitar abrir un frente de guerra contra quienes pueden convertirse en sus propios vecinos con el paso del tiempo.
*Daniel Emilio Rojas