Por: Juan-Manuel Anaya, MD, PhD.
La “economía naranja” tiene sus orígenes en la “industria creativa”, término que comenzó a utilizarse en los años 90 para describir una serie de actividades, principalmente sociales y culturales, que tenían en común la creatividad individual, la habilidad y el talento, así como un potencial para la creación de riqueza a través de la generación de propiedad intelectual. A su vez, la industria creativa tuvo antecedentes en las industrias culturales de los años 30 del siglo pasado. El primer país en adoptar el concepto de “industria creativa” fue Australia, seguido por el Reino Unido. Casi treinta años después, el término ha evolucionado hacia “economía creativa” y ha sido adoptado por casi todos los gobiernos del mundo. En el 2013, Felipe Buitrago e Iván Duque, desde el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), optaron por ponerle un color alegre: el naranja. Otros estudiosos, como José Miguel Banavente y Matteo Grazzi, también desde el BID, han impulsado en América Latina la economía creativa o naranja, y planteado un marco conceptual para comprender sus vínculos con la innovación y el papel del sector público en su promoción y financiamiento.
El concepto de economía naranja no está lejos del de “propiedad intelectual”, el cual vincula las creaciones e invenciones con el comercio, como lo ha señalado John Howkins, quien considera también que “en el ámbito de la economía creativa, pensar puede ser un buen trabajo”. Así las cosas, la economía naranja existe desde tiempos inmemorables. El concepto ha evolucionando a través del tiempo, en dominios diferentes, resultando en diversos modelos económicos y respuestas políticas.
Aunque inicialmente, y deliberadamente, no se incluyó el trabajo creativo de los científicos, el cual se basa en la curiosidad, el análisis y la investigación sistemática, Buitrago y Duque consideran a la investigación científica como parte de los servicios creativos que pueden tener propiedad intelectual y, por lo tanto, generar riqueza. En este sentido, Horacio Torres-Sánchez ha manifestado que “para que la economía naranja sea un proyecto viable y exitoso en Colombia es fundamental que la relación entre creatividad, economía y cultura vaya más allá y se integre con la ciencia, la tecnología y la innovación”. En efecto, la creatividad científica y sus resultados: el conocimiento, tiene el potencial de generar ingresos, empleos e intercambio de recurso humano y tecnológico, al tiempo que promueve la inclusión social y el desarrollo humano. No en vano el ecosistema naranja de la ciencia existe en nuestro país: compromiso, creatividad y ambiente. Por lo tanto, la economía naranja de la ciencia es posible, e incluye a la investigación en salud, área de la ciencia que genera importantes bienes e impacto para Colombia.
La integración de la economía naranja con la investigación en salud dependerá de la voluntad política y de lo capaz que sea el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTeI) para lograr dicha integración. Deben establecerse reglas simples, fáciles y perdurables, incluidas en una una carta de navegación que permita obtener el mayor beneficio de la labor científica como riqueza, tanto tangible como intangible. Entre las sugerencias para el nuevo Ministerio de CTeI, adicionales a las señaladas y todavía vigentes en “Colombia: al filo de la oportunidad” y en el documento CONPES 3582 de 2009, se han discutido recientemente la aplicación de un estatuto del investigador, propender por el desarrollo de una cultura científica, insistir en una mayor inversión, reformar el programa de regalías, estratificar las convocatorias para financiar ideas de alto riesgo y de largo plazo, establecer un repositorio de capacidad humana e instalada (previamente financiada por el Estado), reducir al mínimo la tramitología y facilitar la creación de alianzas Estado, Universidad y Empresa. Para involucrar la economía naranja en la investigación en salud hay que considerar, a su vez, la ciencia de la implementación, es decir, cómo trasladar los resultados de la investigación y de practicas basadas en la evidencia para mejorar la salud de la población.
Dos dimensiones fundamentales de la ciencia de la implementación son el rigor metodológico y la relevancia. Como resultado de estas dos dimensiones, la economía naranja debe priorizar la investigación “pragmática”. En efecto, como lo señala Elvin H. Geng, la investigación baja en ambas dimensiones es «pueril»; el rigor sin relevancia es «pedante», mientras que la relevancia sin rigor es «populista». La investigación que se esfuerza por alcanzar tanto el rigor como la relevancia es «pragmática».
La economía naranja de la investigación en salud debe también fomentar la medicina traslacional, esto es, el modelo que permite poner en práctica los descubrimientos de la investigación (el conocimiento) con el fin de perfeccionar diagnósticos, tratamientos y prevención de las enfermedades humanas.
En suma, como afirmara Alejandro Duarte Galán, “los investigadores tenemos en la economía naranja una oportunidad para ser la mejor versión de nosotros mismos”. Es posible una economía basada en el conocimiento. No la desaprovechemos.