Por: Lorenzo Villegas
Una fiera con la boca manchada de sangre hermana, así lucen algunos colombianos. Saber que el otro morirá nos tranquiliza. Pasar despacio al lado del auto que colisionó y sacar la cabeza por la ventana para, si tenemos suerte, ver al occiso, nos calma la sed. Debemos tener en el fondo del cerebro algún microbio que nos carcome, que nos aviva la felicidad de ver sufrir al otro.
Con la noticia de que el senador Gustavo Petro está enfermo salió a relucir el sentimiento de odio, diluido en felicidad, es como poner pintura negra dentro de la misma lata que contiene la roja. La mancha sinuosa ateza el rojo, rebaja su tono, pero se amalgaman al fin. Así son algunos colombianos, diluyen alegría en odio, eso debe ser como lamer un helado de hiel adornado con chispas de chocolate.
La solidaridad colombiana, de la que nos ufanamos cuando ayudamos a otros en desgracia, parece que nos la inyectaron en la misma cantidad que nos metieron rencor contra nosotros mismos. Me pregunto ¿por qué nos hace feliz ver a un compatriota en mal estado? Si Petro desaparece de la escena política, perdemos todos, nadie gana. Miren, la gracia de saber que existe Messi es ver a Ronaldo, si alguna vez nos levantamos a las 5 am a ver a Juan Pablo Montoya, era porque competía Michael Schumacher; lo bonito del día es que vendrá la noche y lo que nos alienta en la madrugada es saber que habrá aurora.
Parece que la alegría del colombiano que sabe que otro colombiano está en malas condiciones afloró en lo más oscuro de este confinamiento. Cuando deseo que el oponente muera, que se lo trague la tierra, soy yo mismo el que me niego como contendor; si he de ganar una competencia, que sea en franca lid, no debido a desgracias que debiliten al contrario. ¿Acaso los que lo odian no quisieran ver a Petro tras las rejas, saberlo sin vida política? Pues para eso debe estar vivo, para que quienes abren sus fauces como hienas con sangre en sus hocicos se deleiten al verlo perder la batalla ante un juez, una comisión del Senado o una investigación fiscal, pero quitárselo de encima debido a una enfermedad o recibir una mano de la parca y festejarlo, es declarar que ellos mismos no merecen ser contendores del senador y que están infectados igual.
La magnanimidad no se compra, no la consigues en promociones de agosto, se interioriza o se rechaza. Según parece algunos son magnánimos a conveniencia, debe ser porque los alivia que el contendor desaparezca ex–machina y así evitar la posible derrota y su propia enfermedad.