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Fetiche

01 de febrero de 2013 - 06:00 p. m.

Este niño tiene los ojos negrísimos y brillantes, como si fuera un santo de altar de pueblo. Observa fijamente a la contadora de cuentos: persigue su voz durante la narración. No levanta la mano, no cuchichea ni trepa —como los demás— sobre la espalda de sus compañeros de clase. Sólo la mira, absorto, sentado en el suelo.

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A su salón, desprovisto de ornatos y libros, se llega después de atravesar un camino árido, de polvo. El Centro Educativo Tierra Baja, donde el calor derrite la piel bajo las planchas de zinc, no hace parte del circuito turístico.

Antes de retirarse, la cuenta-cuentos les advierte a los niños: “El último que oyó esta historia ¡quedó convertido en sapo!”.

Mientras las vacas sagradas mugían en el Corralito de Piedra, los relatos fantásticos cobraban vida: al margen del Hay Festival, varias escuelas públicas de Cartagena —la pobre— recibían una caravana de lecturas en voz alta.

Leer, esa bella y sensual forma de la intimidad, pasó de ser un acto solitario y egoísta para convertirse en comunión. Y no por la capacidad histriónica de los narradores ni por el prestigio de los autores: era la evocación, la creación de fantasías a través de la voz humana como prueba irrebatible del poder de la imaginación.

En la calle de La Mantilla, los “iniciados” desfilaban con guayaberas de marca, refiriéndose a “sus” escritores por el nombre de pila, como si en la infancia hubieran jugado a la rayuela en la misma acera: “Mario”, “Herta”, “Gioconda”.

En un poblado de callejones anónimos, los lectores invitados por el Plan Nacional de Lectura y Escritura iniciaban a cientos de niños en un mundo ficticio… la prolongación de los cuentos de los abuelos, las nanas de cuna, las leyendas ancestrales.

Entre las murallas, los literatos chic se desgarraban la garganta —entre el rancio abolengo conferido por los medios y el jet-set— con un volumen que humillaría al de los cañones que recibieron al almirante Vernon: “¡Ponchoooo!”.

En medio de esa puesta en escena, los libros como objeto de adoración o, peor aun, como pose. Lo avizoró G. K. Chesterton en Los libros y la locura: “Los libros también son un símbolo; representan la impresión que el hombre tiene de la existencia […] el hombre que ha llegado a preferir los libros a la vida es un maniático”.

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“¡Seño!”, grita este niño de Tierra Baja. Se empina. Sus manos, con olor a sobras de tajalápiz, rodean el oído de la narradora, y le susurra: “Creo que me estoy poniendo verde”.

La poética imagen de un chico “convertido en sapo”, en contraste con la predecible secuencia de lagartos arrastrando su cola literaria.

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Cobran vigencia las palabras de Santa Teresa de Jesús: “Lee y conducirás, no leas y serás conducido”.

 

Desde el sótano: Los revendedores de boletas para los eventos del Hay Festival hicieron su agosto en las narices de los policías: qué vergüenza.

 

* Ana Cristina Restrepo Jiménez

 

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