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Fútbol y bruje(ría)

23 de julio de 2014 - 10:11 p. m.

Un domingo sin fútbol está mudo, suena hueco, banal y va desnudo, poblado de fantasmas y de ecos. Con el fútbol, señores, no hay quien pueda. A falta de balón intravenoso, dadme triple ración de metadona. Carlos Toro

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Opio, veneno, enfermedad, locura, desquiciamiento, esquizofrenia. Estos y otros epítetos más se le han endilgado al arte de lo imprevisto. Pero debe haber mucha brujería intergaláctica en ese juego porque no hay en el mundo un fenómeno siquiera parecido. Dinero, fiestas, colorido, tragedias, dolores y alegrías.

Ningún arte o deporte se iguala a esta cosa inexplicable que arrastra a los seres humanos hasta este estadio irracional de la demencia colectiva. Un Mundial más que se nos fue con múltiples sabores: dulces para unas selecciones, amargos para otras y muy, muy cítricos para las de más allá. Ya hay personas que hacen cálculos para el ahorro con el objeto de asistir a Rusia 2018. Otros se matriculan en cursos prácticos de ruso. Otra vez las mismas expresiones de hace cuatro años: mafi(f)as, árbitros, trampas, injusticias, goleadores, goles, puntajes, valorizaciones, desvalorizaciones.

El fútbol es un embrujo (económico) por el que sujetos como Pékerman dejan mágicas lecciones de humanidad, ética, estética y cosmética. El técnico de Brasil hipnotizó a todo un país y fue capaz de hacer olvidar el Maracanazo porque este Alemanazo no se borrará por el resto de la historia del fútbol mundial. Tuvo que haber mucha brujería en este Mundial que terminó para explicar que Messi sea el ganador del Balón de Oro, que Neymar haya llorado frente a las cámaras para explicar que le faltaron 30 centímetros de nalga para quedar en silla de ruedas. Diez goles en dos partidos es el número perfecto de la brujería.

Julio César, el gran emperador brasileño, habitó el peor sufrimiento para un atajador de sus características: Brasil, por fin, se olvidó de Moacir Barbosa y puso en la cima de su dolor el nombre de su emperador. No es su culpa, pero tampoco se van a olvidar de él durante los próximos mil años. Hay más brujería en el recuerdo de los mundiales que en la experiencia de haber asistido a uno. Falcao no estuvo y sonaba a acto de brujería y emergió, como el ave fénix, James Rodríguez, y hubo magia en sus botines: un goleador de la bruje(ría). Colombia: campeón de la alegría y de la diversidad de bailes del Pacífico y del Atlántico. Brasil padece su historia, Colombia comienza a escribir otra. La literatura se encargará de escribir esa otra historia que comienza con un himno que se salió del protocolo y se cantó como tatuaje de buenos presagios. “Se acabó y hay que volver a la cruda realidad”. El fútbol descrudeliza con su bruje(ría).


rayuela138@hotmail.com

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