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Fútbol y literatura

22 de enero de 2013 - 06:00 p. m.

¿Ha entrado usted, alguna vez, a un estadio vacío? Haga la prueba.

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Párese en medio de la cancha y escuche. No hay nada menos vacío que un estadio vacío. No hay nada menos mudo que las gradas sin nadie”. “Fútbol paradójico” nace para establecer los vínculos, o no, que se supone existen entre la literatura y el fútbol. El fútbol es un lenguaje simbólico que nos inventamos los hombres para evitar el suicidio que producen los domingos en la tarde (hoy se juega lunes, miércoles, sábado y a cualquier hora. Fenómenos de la televisión).

El fútbol es una narrativa que nos nombra, nos grafica, nos desnuda y nos estremece, es un encuentro con Dios pero también con Diablo porque es capaz de sacudir hondamente las fibras de la felicidad humana pero, también, de habitar las pasiones más inhumanas de los seres humanos. El fútbol es una perspectiva de comprensión del mundo, es un mundo posible, es un lenguaje universal que dice de la guerra, de las casacas, de las épicas humanas. Del fútbol despotricaron Rudyard Kipling y Jorge Luis Borges, en tiempos y contextos distintos. Y tenían razón, pero no fueron los únicos. Eran eruditos e intelectuales que se dedicaron a la inmortalidad y el fútbol es finito, como los seres humanos. Otros autores hicieron homenajes al fútbol: Quiroga, Benedetti, Cortázar, Camus, Cela. Y tenían razón.

La Literatura es una obra maravillosa que permite reconocer la fragilidad humana. Ella aporrea, desconecta, descose y arroja. Eduardo Galeano nos puso a pensar en la estética y en la ética del fútbol. Literatura es litera, letra y palabra que, con aguja e hilo, teje, desteje, asombra, mitifica y vuelve a quedar palabra, palabra dicha. Los hombres somos eso: palabras que se conjuntan para dañar, para pisar, para maldecir pero, también, para componer, ilusionar y dejar soñar.

Fútbol y literatura son dos narrativas que se conjuntaron para dejar comprender la hermenéutica humana de la incertidumbre porque arrastran pasiones, desazones y soledades. Ambas son juego y lúdica pero se ven enriquecidas, paradójicamente, por la artimaña, el no juego, es decir, por la estética de lo feo. Acudimos a Apolo y a Dionisio para concluir, en última instancia, que lo que nos caracteriza no es la moraleja ni la analogía sino la paradoja, el contrasentido o el sinsentido.

A partir de esta fecha los lectores tendrán un encuentro, bueno o malo, con temáticas atinentes a estas dos naciones o países mágicos que viven del drama, de la tragedia y de las pasiones.

 

* Eduardo Galeano

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