Nacional 2016:
¡Campeonense! (I)
El fútbol es para contar. No es un deporte, contra las evidencias, sino un relato. Jugarlo a secas, como si fuese un altercado de once tipos contra otros once tipos, limitados por el tiempo y el espacio, resulta del todo vulgar y efímero. La belleza se escribe. Juan Tallón. Si el fútbol es para contar debo relatar que en mis muchos años de vida jamás había presenciado un año de tantas paradojas en un equipo de fútbol. Los resultados de Nacional están a la vista y al finalizar el año cada noticia referida al verde era para hacer más y mejores elogios: técnico, goleador, jugadores, directivas. Todos coincidimos en que en la historia de Nacional nunca se habían obtenido tantos triunfos. El accidente aéreo del Chapecoense ha dejado vacíos, silencios y dolores que ya no se curan con nada, pero logró niveles de conmoción y solidaridad que permiten pensar en un juego más ético y estético. Uniformes con colores similares y hermandad entre jugadores por atrapar esa cosa que llamamos gloria y que no sabemos cómo definir, pero que gozamos y disfrutamos cuando se conquista, y lloramos y despotricamos de ella cuando llega la derrota. Era un juego más, pero no era uno cualquiera. Chapecoense no había llegado a estas instancias y, por eso, su sueño, su anhelo, su deseo más profundo era venir a Medellín, por sorteo, para cumplir con una meta más de esas que se ponen los equipos cuando avanzan en cada fase.
La muerte también es para contarla. Ella se ha “cobrado” las vidas de millones de seres humanos y, en algunas ocasiones, las de varios equipos de fútbol y de otros deportes. ¿Por qué nos duelen más los muertos deportistas que otros? Es una pregunta estúpida y lo reconozco. En algunos relatos de ficción estas situaciones son cotidianas: la muerte se ficciona y los deportistas mueren por doquier, pero están en el plano de la imaginación. La muerte allí no pesa tanto como cuando es en la vida del mundo real. En el mundo de la vida un acontecimiento como este se queda para el resto de la existencia de los dos equipos. Nacional se ganó el mejor premio de todos: juego limpio y, además, se convirtió en un campeonense por la decisión de sus directivos y el abrazo inmortal de solidaridad de hinchas, amigos, vecinos y familiares.
Chapecoense es, también, un campeonense porque resurge de este instante trágico eterno y vuelve a las canchas con la sombra oscura de la muerte y el verde esperanza que lo constituye. La muerte no es seria en sus cosas, dice alguien por ahí, pero el fútbol tampoco, ni la vida. Nos queda seguir el camino con la ilusión de que el fútbol sea un atenuante para formar seres humanos que “juegan a muerte” para defender la vida. Un minuto de silencio eterno porque la muerte se relata y el balón está partido por su partida, Chapecó.
*Juan Carlos Rodas Montoya
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