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Herencia erótica

16 de julio de 2015 - 11:35 p. m.

El mundo es heredero de Grecia.

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Oriente y Occidente se nutrieron de su grandeza antes de que Roma apareciera. Roma hereda de Grecia sus dioses y hasta la fiesta en honor a Baco, de cuya memoria quedó el decreto más antiguo del Senado romano reglamentando ese culto. Hereda el dórico, el jónico y el corintio de su arquitectura. Hereda los sistemas políticos, la ciencia y la filosofía. Hereda el gusto por las estatuas de mármol y por la literatura. No en vano, Atenas era la escuela de arte de los romanos. Así como los epigramas de Estratón de Sardes, bajo el imperio de Adriano, son una continuación de los epigramas del griego Meleagro, la poesía lírica del joven romano Catulo es un homenaje a la griega Safo. Estratón no sólo tiene las formas de Meleagro; también tiene parte de su fondo. Por sus cantos a la homosexualidad masculina es considerado entre los epigramistas como el más atrevido de todos. Para la muestra un ardiente botón: “Contra el muro has apoyado tu trasero que atrae tantas miradas. Ciro, ¿pretendes tentar la piedra? Ella no puede nada”.

Cayo Valerio Catulo le canta a la mujer, a su amante Clodia Pulcher, diez años mayor que él y esposa de un cónsul. La llama Lesbia en sus versos, en honor a la patria volcánica de Safo. Rendido por el amor, canta a la felicidad, a los besos, a la noche, a Lesbia. Aquí dos fragmentos de su desbordada pasión. “Preguntas, Lesbia, con cuántos de tus besos me satisfago. Con tantos como granos de arena de Cirene”. “Dame mil besos, luego cien, / luego mil más, y otros cien, / y otros mil, y cien más. / Cuando sumemos miles, comenzaremos nuevamente”.

Pero como del amor al odio sólo hay paso, Catulo lo dio cuando llegó la traición. Pasó de cantarle a la amada a insultarla con versos. “(…) aquella Lesbia, a quien Catulo amó más que a sí mismo, ahora se acuesta en plazas y calles, con los hijos de Remo el magnánimo”. Y buscando el amor encontró el disfrute del sexo desamparado de las ilusiones del alma. “Te ruego, mi dulce Ipsithila, / permanece en tu casa y prepárate / a hacer nueve veces el amor. / Y si te parece, llámame ahora mismo/ porque habiendo comido bien, / soy capaz de atravesar la túnica y el manto”. Catulo se convierte en el primer poeta erótico latino, en un cantor de los impulsos del alma que a los treinta años deja el mundo para quedarse en la eternidad de sus versos.

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