Con profunda tristeza e indignación he recibido la noticia, a través de los medios de comunicación, de la penosa e injusta situación por la que está atravesando el Instituto Colombiano de Ballet (Incolballet), creado en Cali hace más de 30 años por esa mujer visionaria e incansable que es Gloria Castro.
Supe de la existencia de Incolballet en 1986, cuando presentaron en el Teatro Colón de Bogotá la que se convertiría en su obra emblemática: Barrio Ballet. A pesar de que la propuesta coreográfica del cubano Gustavo Herrera no me sedujo, recuerdo que me emocioné hasta las lágrimas al ver sobre el escenario tantos cuerpos jóvenes y bien entrenados, haciendo un despliegue extraordinario de técnica, vitalidad y disciplina. Debo confesar que sentí una profunda envidia (de la buena), pues mi propio sueño de crear un día una escuela de danza en Cartagena se veía de pronto confrontado —e inspirado— por la hermosa realidad de lo conseguido por Gloria Castro y sus muchachos.
Gloria tuvo la osadía y la inteligencia suficientes para subvertir y penetrar un género tan elitista y excluyente como lo es el ballet clásico, incorporando a su escuela niñas y niños provenientes de los estratos más bajos de Cali, convencida además de que ésta era una estrategia muy efectiva para reclutar hombres en una disciplina también plagada de prejuicios machistas. Esta audacia le valió no pocos enemigos y detractores —que hasta el día de hoy la continúan hostigando— al punto de verse “macartizada” y señalada por sus vínculos con el impresionante movimiento dancístico cubano, liderado por la gran Alicia Alonso.
Gloria, formada como bailarina en Checoslovaquia y en Italia, tenía muy claro el tema de la necesaria iniciación temprana, oportuna (que no precoz), que requieren la danza y la música, especialmente. Para quienes no conocen lo que es Incolballet y no han tenido el privilegio de visitar este colegio artístico en el Valle de Lili, donde los niños y jóvenes pasan, en un bello entorno natural, más de nueve horas al día formándose como “bachilleres-artistas del ballet” y como seres humanos de excelencia, es difícil comprender el tamaño de la tragedia que significaría para nuestro país la desaparición de un modelo pedagógico que debería ya estar siendo replicado en otras regiones y en otras disciplinas artísticas.
Estoy seguro de que nuestro Gabo, desde donde está, con su proverbial obsesión por el tema del descubrimiento de las vocaciones tempranas, debe estar igual de indignado y adolorido con la falta de visión de los actuales gobernantes vallecaucanos. Pues no se han dado cuenta de que tienen en su territorio, no sólo el proyecto pionero de este país en el campo de la educación artística, sino el más generoso y justo de la educación colombiana, ya que ofrece a nuestros niños “descalzos” la posibilidad de empezar a construir, desde cuando toca, lo que el mismo Gabo llamó el secreto de un vida larga y feliz: “trabajar en lo que a uno le gusta y sólo en eso”.
Como bailarín, coreógrafo y pedagogo de la danza, hago un respetuoso y enérgico llamado, primero al gobierno departamental, directo responsable de la estabilidad de Incolballet, y luego al Gobierno Nacional (en especial a las ministras de Educación y de Cultura, ambas vallecaucanas) para que no sólo salven a Incolballet, sino que lo eleven a la categoría de “proyecto piloto/pionero” en el campo de la educación artística y vocacional de nuestro país.
En estos tiempos que corren, en los que se vislumbra para Colombia el fin del conflicto armado y en los que la educación se percibe como herramienta privilegiada para la construcción de la paz, no nos perdonaríamos que un baluarte de la educación para la paz, como lo es Incolballet, desapareciera ante la mirada inerme de los ciudadanos y de nuestros gobernantes.
*Álvaro Restrepo ** Director del Colegio del Cuerpo.