Para ninguna es un secreto que desde pequeñas nos crían para ser taradas, es apenas lógico, nos tienen engañadas creándonos falsas expectativas sobre un futuro no sólo incierto, sino irreal, porque no nos digamos mentiras, la vida no gira en torno a encontrar un príncipe azul.
Es más, estos seres fantasiosos no existen. Aquellos hombres caballerosos, que arriesgan su vida por nosotras y no tienen ojos para nadie más sólo están en los cuentos. No estoy diciendo que son cabrones o infieles, simplemente que los hombres reales no se levantan con aliento a yerbabuena y no siempre están perfectamente peinados, se despeinan.
Ya de entrada, con esta premisa, todo empieza mal, y ni qué decir de las películas hollywoodenses que nos posicionaron en el imaginario que una escena romántica es: cuando las parejas que se aman lo hacen entre sábanas y velas con la canción del momento como música de fondo, nadando entre pétalos de rosas. Esto es aún peor y lo digo por experiencia propia.
Curiosa de saber qué se sentía estar metida en ese cliché, les confieso que tuve uno de mis peores cuadros de rinitis ocasionado por el insoportable olor a funeraria que dejaron las flores que adornaban la cama en una noche de pasión.
Y ni qué decir de la escena en la que después de un largo día laboral el protagonista le quita a su amada los zapatos para “besarle” los pies. Después de ocho horas trajinando de arriba abajo, encerrados entre medias y botas de cuero, ¿a qué pueden oler?
Acompañada por la empleada en la época del colegio, cenaba con las novelas de la franja prime y veía todas estas imágenes, además de la típica de la protagonista hablando sola en voz alta. Hay que ser idiota para creer que es cierto, pero este tipo de cosas se pasaban con jugo y todo.
Hoy, sacando pecho, confieso que aunque no canto de maravilla, eso me lo han dejado claro los vecinos, gozo entonando reguetones mientras cocino, el tema de la trapeada no se me facilita y la verdad estoy lejos de parecerme a una damita bailando vals, el carro se vara y se pincha, mi “príncipe” es de jeans y tenis, es real y no me tiene encantada. Así, con todas sus cualidades y defectos, me encanta.