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La «hazaña» que no repetí

18 de enero de 2014 - 05:00 p. m.

El miedo al qué dirán es tal vez uno de los mayores tabúes que tenemos con respecto al sexo.

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Si supiéramos que nadie nos ve seguramente haríamos más cosas de las que en realidad nos atrevemos a hacer. Pero les confieso que en tercer semestre no sólo me atreví a hacer realidad esa fantasía que a veces me invadía la mente, haciéndome sonrojar y apretar las piernas, sino que lo hice delante de otros, incluyendo a mi mejor amiga.

Bueno, de hecho, ella y yo fuimos el centro de atención esa tarde. Después de clase de 7:00 a.m. nos fuimos a una finca en La Calera a pasar el día con dos amigos suyos que vivían fuera del país. Ambas teníamos novio. Todo empezó con el típico juego de retarnos a besarnos. Ellos, sentados y ansiosos por disfrutar de esa clichesuda fantasía de observar a dos mujeres darse un beso. Nosotras, tímidas, seguras de nuestra heterosexualidad, pero en el fondo ansiosas por probar qué se sentía.

Fue lento y suave. Recuerdo que pensé que prefería el arrebato que siento al rumbiarme con un hombre, ese deseo que me lleva a morderle los labios, a disfrutar de su lengua hasta el fondo… Sin embargo, no me molestó su boca tibia y su delicadeza. Me olvidé de que cuatro pares de ojos nos miraban sin parpadear, me olvidé de todo y me dejé llevar. Accedí a pasarle un hielo por el torso desnudo, a besarle las tetas y a dejarme tocar y besar….

Fue tan intenso que asustada terminé en la cama con uno de sus amigos. Ella se acostó con el otro. Ninguna habló de regreso a Bogotá. Y al otro día, en la universidad, actuamos como si nada hubiera pasado. Jamás mencionamos lo sucedido y la verdad es que tampoco quise meditar al respecto.

Sólo con los años y varios tragos les he confesado a algunos mi “hazaña”, a veces omito detalles, a veces lo cuento todo con orgullo. Lo cierto es que ese único encuentro me llevó a descubrir ese componente irracional que nos hace disfrutar de nuestra sexualidad sin prejuicios, sin miedo al qué dirán.

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