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La inmunoterapia, Bonilla Naar y Guillermo Fergusson

14 de octubre de 2014 - 09:57 p. m.

Al médico cartagenero Alfonso Bonilla Naar (1916-1978) se le combatió hacia los años 60-70 por aplicar la inmunoterapia.

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 Curiosamente, por entonces lo llamaron de la Unión Soviética para que atendiera a alguien de la nomenklatura, aunque no pude saber de quién se trataba. Era impresionante el cúmulo de información bibliográfica que manejaba y los documentos que tenía para respaldar su trabajo, todo clasificado en su biblioteca, que tuve oportunidad feliz de ver a mis anchas. En ‘llave’ con Carlos Palencia, de la Universidad Nacional, procesaban el Corynebacterium parvum y el Tumor necrotium factor, elementos que, entre otros, permitieron reversar o detener el proceso de variadas formas de cáncer. Gracias a ello, muchas de esas involuciones permitieron darle al paciente cierto margen de sobrevida. Pero Bonilla Naar murió —¡qué paradoja!— de esta enfermedad, “por descuido”, según él mismo dijo el 24 de diciembre, cuatro días antes de fallecer (“casa de herrero…”).

Al entierro del inmunólogo asistieron muchos contradictores suyos, que ya habían cesado sus diatribas. En los funerales, el profesor Hugo Laverde (q.e.p.d.), del equipo que creó el departamento de Biología en la Nacho, me dijo con tono alterado y palabras duras que allí estaban varios de aquellos que tanto habían atacado a Bonilla, hasta pedir que se le cancelara su licencia profesional.

Hoy, cuando ya la metodología de Bonilla es aceptada, se reconocen mundialmente las bondades de la misma, como se ve por la noticia que conocimos hace poco. En ella se dice que el Congreso 50 de la Sociedad Americana de Oncología Clínica (ASCO) exalta los avances de la especialización y tácitamente los recursos que defendía Bonilla.

El tema trae a la memoria otro caso en que también hubo brotes de intolerancia ante posiciones contrapuestas a las ideas chatas acerca de la ciencia, lo que nos remite a los padecimientos de Galileo Galilei por ‘meterse’ a decir cosas contrarias al interés del establecimiento. El mundo no se acomodaba aún al heliocentrismo y el sabio de Pisa debió abjurar, aunque al hacerlo agregara “eppur si mouve” (“sin embargo, se mueve”), como ‘retractándose’ en forma irónica de su antigeocentrismo, al agregar que la Tierra corcovea. La historia está llena de casos así, en que los precursores enfrentaron la reacción de quienes daban por sentado que el mundo no se mueve.

También en su momento, Guillermo Fergusson Manrique recibió duros ataques. Aquel decano de Medicina de la UN planteaba que la ciencia médica colombiana debía valerse de algunas prácticas criollas y combinar saberes (Esquema crítico de la medicina en Colombia, 1983), visión que hoy se extiende en la práctica terapéutica de los buenos médicos del país. Incluso, hay EPS que ya establecieron la opción de medicina homeopática u otras, alternativas, o complementarias, como dice la tendencia actual. Cuando Fergusson recibía madera por doquier, ya en Alemania se presentaba una corriente médica que practicaba, y practica, en gran escala la acupuntura, técnica china que al principio fue vista con recelo, al igual que otras posibilidades no alopáticas de la medicina y la farmacología. Pero en Colombia los defensores de la pasividad científica suelen asumir posiciones pararreligiosas, con bienvenidos atisbos de reflexión hoy día.

Después de 35 años de la muerte de Bonilla Naar, este costeño chévere que manejaba bien la pluma y ganó un premio por su novela Viaje sin pasajero, y llevó a la televisión otra obra suya, La pezuña del diablo, recibe en forma póstuma, e inadvertida para muchos, una especie de desagravio.

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