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La mancha

10 de octubre de 2016 - 03:03 p. m.

Pasarán décadas y no se borrará la culpa de lo sucedido en Colombia el pasado 2 de octubre. Aun si se llega a renegociar un mejor acuerdo, algo improbable dadas las ingenuas exigencias del Centro Democrático, la victoria del No fue un error y un absurdo ético que refleja el espectro moral e intelectual de nuestro país.

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Por Santiago Wills

El plebiscito se trataba de una elección entre la prolongación y la disminución, así fuera sólo posible, del sufrimiento de millones de personas. Es cierto que había miles de aristas y miles de puntos debatibles en los acuerdos, pero, dadas las posiciones de los dos bandos y la coyuntura de la negociación, todo se resumía a eso: regresar en el tiempo a julio 19 de 2015, el día anterior al cese al fuego definitivo de las Farc, o aceptar un nuevo momento histórico en el que en principio alrededor de 6.000 guerrilleros y 7.000 milicianos dejarían las armas para reincorporarse a la sociedad.

Creo firmemente que, a la hora de votar, los detalles de los acuerdos no eran el punto. Es decir, si en ellos no había algo capaz de causar un daño lo suficientemente grande como para contrarrestar el cambio que implicaba el Sí, entonces no valía la pena echar para atrás cerca de seis años de concertaciones lideradas por un equipo pensante y sensato. El gobierno no supo explicar lo anterior y la oposición se aprovechó de esto. (La campaña del Sí tomó el rumbo equivocado: debió haber sido una celebración, un grito para festejar la metamorfosis del miedo en una esperanza, no importa cuán endeble).

La campaña del No se centró en propuestas de los acuerdos que, tergiversadas de una u otra manera, podrían resultar polémicas para diferentes segmentos de la población. Utilizó el tema de los subsidios en los estratos bajos, la impunidad y el narcotráfico en los estratos altos y el enfoque de género en las iglesias cristianas.

En la mayor parte de los casos, mintió, manipuló la información y se aprovechó de la naturaleza de la democracia y del lamentable estado de nuestra educación para obtener el voto de casi siete millones de personas. 

En ese sentido, hubo, a grandes rasgos, tres clases de votantes del No: los desinformados o ignorantes, los manipuladores y las víctimas que, en todo su derecho, optaron por no confiar o no perdonar a la guerrilla. Este último grupo es el único que tiene razones éticamente válidas con las cuales justificar su voto. Nadie está obligado a perdonar. A lo que sí estamos obligados, éticamente al menos, es a no servirnos de lo que sabemos que es falso para manipular a quienes sabemos que no lo saben. Y esto fue precisamente lo que hizo el No, como lo admitió Juan Carlos Vélez Uribe, gerente de esa campaña. (En una democracia real, también estaríamos obligados a informarnos, pero en Colombia claramente esto es algo que no podemos exigir. No debemos olvidar que ni el Internet ni los medios de comunicación serios llegan a todo el territorio).

El No ganó a partir de despertar pasiones alimentadas por mentiras. Pero eso no es lo que más molesta, pues, de una u otra manera, toda elección es así. Es ingenuo creer que en una democracia como la nuestra, como la norteamericana, como cualquier otra, los resultados son el producto de una mayoría de decisiones racionales e informadas. No, lo que realmente duele es que haya un grupo de personas que lucharon de la peor forma por derrotar un plebiscito cuyas consecuencias afectaban de manera directa a millones de personas a quienes nunca se les ha dado una oportunidad. Lo que enfurece es que en muchos casos convencieran con mentiras a las personas que se habrían visto beneficiadas por el acuerdo; que no discutieran abiertamente lo que les preocupaba (el tema agrario, a duras penas discutido en los días anteriores al plebiscito, es casualmente el tema central de Uribe una vez se habla de renegociación); que utilizaran el voto para promover sus carreras políticas y sus intereses.

El domingo pasado voté Sí, pero me sentí culpable de hacerlo. No creo que tuviera derecho a votar. El plebiscito debería haber sido votado sólo por las víctimas (por no decir sólo por las víctimas de los lugares donde las Farc ha tenido o tienen presencia histórica). Ellos son quizá los únicos capaces de entender de qué se trataba realmente el voto. La victoria del No no nos va a llevar a una paz incluyente, como afirman Pastrana o Uribe. La victoria del No es una mancha más en la historia de nuestro país, una prueba más de que ciertos grupos rara vez harán lo correcto por aquellos que en realidad sufren las consecuencias de una desigualdad que, como esta guerra, probablemente se mantendrá durante décadas.

@swillsp

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