No había más que decir: la tarima quedó vacía, los rastros de las huellas quedaron impregnados en la alfombra gris que recubría la cancha auxiliar del estadio Cincuentenario, y el Festival Altavoz se despedía de todos hasta el próximo año.
Después de tres días cargados de música, fotos, bailes y descargas audiovisuales, uno de los festivales más importantes de América Latina cerraba con éxito su undécima edición y dejaba tras este año unas cuantas preguntas y retos para la industria musical local.
Para qué hacer música, fue una de las preguntas hechas a Guille, guitarrista de la banda española Vetusta Morla, invitada especial al festival. Al escucharla, sonrió y cerró los ojos un momento largo. “Hay que hacerla porque sientes la necesidad de hacerla, hay que dejar de temer, hay que amar la música y hacerla porque no habría otra manera de vivir”, respondió después de un momento. Seguramente todos los que visitaron el Altavoz Fest 2014 aman la música, la afluencia del público y el apoyo mediático lo demuestran, pero, entonces, me surgió una pregunta: ¿se hace música porque se ama la música o se ama lo que conlleva hacer música?
No sólo en el Altavoz presenciamos el fenómeno de bandas para festivales, bandas o artistas que se preparan un año entero para un evento, un día, treinta minutos, y todo se resume en el momento de la tarima: aplausos, ovación, gritos desenfrenados, ojos llorosos, humo, luces, acción, ¿y después qué? El poco apoyo de la empresa privada limita la industria musical a ceñirse a la agenda estatal.
La música en Colombia, en general, se ve permeada por una imagen configurada por los medios masivos de comunicación, que, según sus dictámenes, ubican cierto tipo o género musical como el “popular”, el que a “todos les gusta”, y detrás de los tres artistas promocionados, mencionados y siempre publicitados queda la gran riqueza artística que posee el país. Espacios como Altavoz y Rock al Parque, entre otros, rescatan estas propuestas, que son olvidadas pero que no deben quedarse como meras presentaciones anuales. Después del derroche de talento que provino de la tarima del Altavoz queda más que claro que sobra capacidad para hacer buena música. El apoyo del público debe verse también en la compra de boletas; que no sean sólo los espacios gratuitos los que tengan éxito asegurado, que todos nos pongamos la camiseta, esa que nos une por la misma causa: la música como una respuesta.