Esta semana empezó a puertas cerradas el XVIII Congreso del Partido Comunista Chino para discutir los problemas del país y elegir a sus dirigentes para los próximos 10 años. Con una historia milenaria tejida por el colonialismo extranjero, hambrunas, una dolorosa Revolución Cultural, “economía social de mercado” y un comunismo autoritario sostenido por un partido único, China se despierta, preocupa al mundo y reafirma que “nunca copiaremos un sistema occidental”.
China inició su reforma económica en 1976, después de la muerte de Mao Zedong, y sobre todo después de la llegada de Deng Xiaoping al poder, en 1978. El ancla de esa reestructuración económica en China fueron las ensambladoras, la mano de obra barata y la inversión extranjera, lo que durante mucho tiempo contribuyó para que lo calificaran de país atrasado. Una de sus estrategias más efectivas fue la creación de zonas económicas especiales, y eso la convirtió en una potencia exportadora. Hoy nos da la impresión de que el mundo es chino.
Durante 20 años el crecimiento de su Producto Interno Bruto superó el 9% anual, lo que redundó en mejor nivel de vida de parte de sus habitantes y en la modernización de la infraestructura del país. Con la realización de los Juegos Olímpicos de 2008 y la Exposición Universal de Shanghái en 2010 la visibilidad China se incrementó.
Actualmente, la imagen internacional de China es sostenida por indicadores significativos: segunda economía del mundo, una población de 1.300 millones de habitantes, el tercer país en extensión territorial, el mayor acreedor de Estados Unidos, potencia marítima y nuclear, segundo productor y consumidor mundial de energía, miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU. China también es el segundo país contaminante a pesar de haber ratificado el Protocolo de Kioto en 2002.
Sin embargo, no podemos olvidarnos de la otra China: la detención de Liu Xiabo, Premio Nobel de la Paz 2010, símbolo de la lucha por los derechos humanos, la mayoría de los obreros y trabajadores del campo son mal pagados, la radical política de control de la natalidad, la discriminación inhumana del nacimiento de niñas, la expropiación de tierras para el desarrollo industrial, el cobro excesivo de impuestos y el espíritu de resistencia del Tíbet ante China.
China ya es el segundo socio comercial de América Latina. En una reciente visita a Uruguay, Brasil y Argentina, el primer ministro chino demostró la intención de establecer una amplia alianza estratégica: se firmó un TLC China-Mercosur para combatir al proteccionismo y profundizar la cooperación estratégica; en el marco de la Cooperación Sur-Sur, China se convierte en un gran consumidor de materias primas, un activo inversionista y un propulsor del multilateralismo.
El modelo chino no tiene los instrumentos para humanizar el capitalismo, pero hará todos los esfuerzos para evitar una catástrofe en Europa, su primer mercado exportador. El recién elegido secretario general del Partido y presidente de la República, Xi Jiping, visitó a México en 2009 y afirmó: “China da de comer a 1.300 millones de chinos, no exporta ninguna revolución, no propaga ni el hambre ni la pobreza, no da ningún tipo de dolor de cabeza. ¿Qué más quiere Occidente?”.