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La pandemia como síntoma

10 de abril de 2020 - 12:00 a. m.

Por: Sergio Ferrero Febrel*

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Observamos la curva angustiados, como si a fuerza de tanto analizarla y hablar de la misma, fuésemos a producir en ella el ansiado cambio de tendencia. Quizás, deberíamos tratar de repensar nuestra relación con la pandemia e ir interiorizando que “nuestro modelo” es un importante vector de transmisión y, sobre todo, un hándicap para responder al COVID-19.

Leemos estos días análisis y reflexiones sobre por qué el modelo asiático ha sido más eficiente que el europeo para contener el virus, y se impone en el debate la tesis que nuestras democracias liberales han reaccionado tarde. La socióloga Dominique Schanapper lo ha expresado muy lúcidamente: “en los países democráticos, los gobiernos son tan débiles, que no podían imponer la decisión antes de que esta se impusiese por sí misma”. Desde luego, no parece causalidad que Francia, España, Italia, Reino Unido y Estados Unidos, entre otros, hayan sido incapaces de responder efectivamente a esta situación.

Las decisiones políticas que se han tomado (por gobiernos de todo signo) y sobre todo los enormes impactos sanitarios y económicos que la pandemia va a dejar, son directamente proporcionales al modelo imperante, el mismo que representan y promueven Madrid, Milán o Nueva York. Ciudades estandartes. Todas ellas representantes de un estilo de vida dinámico, ocioso, individualista y libre. Es un buen modelo para muchas cosas, pero un mal antídoto para contener una pandemia y sus efectos.  Quizás sería necesario asumir, en un ejercicio de coherencia, el ADN civilizatorio que hemos construido, y tomarlo como punto de partida para entender y combatir este desafío y también para prepararnos mejor e introducir cambios profundos.

No estamos en condiciones de hacer frente a todo esto, no como pensábamos. No vamos a derrotar a la pandemia a estas alturas. Solamente podemos convivir con ella en estos momentos, con medidas paliativas, mientras la ciencia nos ofrece soluciones, los sistemas de salud se exprimen al máximo para reducir la letalidad y los recursos públicos y privados buscan fórmulas para aliviar las economías familiares y empresariales.

La experiencia nos indica que, en las emergencias sanitarias, en los conflictos o en los desastres, las variables que determinan el éxito o el fracaso en la gestión de la crisis y los impactos humanitarios que esta ocasiona, no son exclusivamente atribuibles a las condiciones del momento, sino que hunden sus raíces en aspectos estructurales. En esa lógica, la respuesta a esta pandemia está evidenciando que “el modelo” estaba desde hace tiempo en cuidados intensivos y con un pronóstico reservado.

Por un lado y desde una perspectiva global, asistimos abochornados a un sálvese quien pueda en el seno de una comunidad de naciones perdida. El multilateralismo, entendido como mecanismo para responder conjuntamente a los desafíos globales, ha constatado su defunción en esta crisis. La pandemia ha evidenciado las dificultades de nuestro sistema global para mantener la compostura frente a la adversidad y buscar soluciones. Pero esto no es nuevo. Siria, Yemen, Chad o Venezuela, entre otros, son la otra cara de la misma moneda. En las actuales relaciones internacionales imperan el desprecio a las normas y a las reglas establecidas, la improductiva diplomacia del canapé y las posiciones insolidarias, excluyentes y sectarias. Aunque le pese a la rancia narrativa centroeuropea, al trumpismo y a los nacionalistas e independentistas de turno, las respuestas a estas crisis globales solo serán exitosas desde una mirada solidaria y cooperativa, como bien señalo el profesor Zygmunt Bauman.

Por otro lado, y en clave nacional, se debería aceptar y reconocer que no se puede gestionar esta situación sin pagar peajes, sin asumir costos colaterales y sin cometer errores, y se han cometido seguramente unos cuantos e importantes por los distintos gobiernos. Además, es miope e irresponsable construir la narrativa nacional de la respuesta desde la mirada del centro vs. periferia, alcalde vs. presidente, gobierno vs. oposición, izquierda vs. derecha y privado vs. público. Siempre existen muchas responsabilidades compartidas, tanto en el fondo como en la forma, en la gestión de una catástrofe de esta envergadura. Sin embargo, la corresponsabilidad (política, social o económica), valor supremo de cualquier comunidad y ancla de una buena gobernanza, ha sido denostada en favor de la sociedad del rendimiento (Byung Chul Han), donde el beneficio y el interés individual se han consagrado por encima del interés general. Si algo debe salir fortalecido de esta crisis es el valor de lo público, como guardián del bien común y eje central para la protección de nuestras sociedades.

Generalmente, las crisis son el efecto visible de una problemática mucho más compleja.

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