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La política y yo

14 de marzo de 2018 - 02:39 p. m.

Por: Alberto López de Mesa

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Quizá por el liderazgo que he cumplido defendiendo derechos de los habitantes de calle y también a favor de los artistas populares, el candidato Gustavo Petro y el concejal Hollman Morris me invitaron a participar en los comicios como candidato a la Cámara por Bogotá. En un primer momento la propuesta me intimidó porque nunca mis responsabilidades sociales obedecían a militancia política y menos a compromisos partidistas, y si acepté fue por una mezcla de ego e ideología (Comulgo con los conceptos de desarrollo y de Estado que promulga el movimiento Colombia Humana)

Inscribí, pues, mi candidatura en la coalición que llamamos Lista de la Decencia, porque nos unía la voluntad de transformar las prácticas politiqueras y corruptas de las castas de congresistas.

El primer entuerto en la aventura política fue el económico: ¿dónde conseguir los recursos mínimos para hacer una campaña?

Con tan buena suerte que un grupo de comunicadores, periodistas y politólogos me apoyó con el espacio para la sede, los equipos de comunicaciones, además de cámaras y el talento de su personal técnico, también algo de recursos para producir las piezas publicitarias, así las cosas emprendí el ejercicio con coraje y optimismo.

En la primera reunión del equipo se definió el carácter de la campaña, más en términos de marketing que ideológicos, lo cual resultó para mi una sorpresa por no decir un tramacazo a mis principios ya que mi ser ahora sería un personaje diseñado para competir con otros cuatrocientos.

Propuse abanderar la paz y me dijeron que ese no era tema de campaña, que me verían como simpatizante de las Farc y de Santos lo cual era quemada segura, tampoco me aceptaron mis ideas ambientalistas porque de eso hablaban todos y muchos con más reconocimiento que yo, les hablé de la cultura y el arte ya que es el sector al que pertenezco y se me burlaron porque según todos, en política los artistas “ni rajan ni prestan el hacha”,

total que lo que se definió como el tema y la característica que me destacaría entre el bosque de candidatos era mi experiencia de diez años viviendo en las calles y por lo mismo debía personificar a “El Callejero”. De hecho, la estrategia, al menos en lo mediático dio resultado, porque para los periodistas de radio y televisión les resulté un personaje exótico y de alguna manera inofensivo, asi fui a muchas entrevistas, todas, obviamente, proclives al amarillismo. Ciertamente me visibilicé y la ciudad y el país supo que entre los candidatos había uno que vivió en las calles, debo decir que este carácter sonrojaba a mis parientes y a muchos amigos cercanos, porque no es cierto que la gente se enorgullezca de ser representada por alguien que fue oprobio de la sociedad. A buena hora y gracias a mi acervo y a mi bagaje cultural pude darle la vuelta al morbo y muchos reconocieron en mi una nueva conciencia del país que representaba y valoraba ciudadanías olvidadas, poblaciones marginadas independientemente de su “estrato” que merecía tener una voz en la instancia legislativa.

Pero no bastaba la presencia mediática, los votos debían buscarse en los territorios y para ello lo más eficaz y funcional era el acompañamiento de mis mentores Petro y Morris, así que el fuerte de la campaña en las localidades se hizo al lado de las manifestaciones organizadas para el candidato Gustavo Petro. De mi parte, siempre fui acompañado de artistas. Marionetistas, músicos, payasos, zanqueros y especialmente de Petrín, el títere que hice y animé, que por representar dulcemente al líder me permitió acercarme a niños y a familias de un modo lúdico y afable.

Durante los tres meses de campaña viví lo bueno y lo malo del oficio político: perdí amistades y gané nuevos afectos, conocí envidiosos, intolerantes, violentos pero sobre todo un pueblo ávido de esperanzas. Entendí que el mesianismo inherente a nuestra cultura es la fragilidad de la que abusan los codiciosos del poder, para engañar con falsas promesas, para descalificar a los contendientes inculcando el miedo en los prosélitos. Entendí también que en campaña prima más lo semiológico que lo ideológico, los candidatos se expresan en códigos elementales y directos, importa el peinado, la risa, el

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atuendo, el gesto y el discurso entre más seco y directo mejor, para todos es útil buscarse alguien a quien enfrentarse.

Al final solo alcancé 3003 votos, con lo cual no se alcanza una curul. Pero me quedó sembrada una gran responsabilidad con los que creyeron y votaron por mí. No se si sea la política el camino para corresponderles, pero mi mente y mi alma ya están comprometidas con el devenir social de mi país.

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