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Lo espiritual y lo material

07 de diciembre de 2014 - 08:34 p. m.

«Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”: Mateo (6:24).

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El caso mediático de la pastora Piraquive puso en la picota un modelo de culto que corrompe el mundo religioso occidental: el negocio de la fe. Desde el último cuarto del siglo pasado se presenta un acelerado crecimiento de iglesias autodenominadas cristianas, cuyo gancho comercial es la ‘Teología de la Prosperidad’, según la cual, la abundancia material es consecuencia del favor de Dios. Quienes siguen esta creencia arguyen que ese favor se consigue principalmente a través del diezmo. El marketing del negocio es perfecto: si estás en la iglesia y diezmas, no sólo serás salvo, sino también próspero materialmente. Semejante estolidez la fundamentan en versículos aislados y malinterpretados de la Biblia.

Por ejemplo: una iglesia mediana con un número de alrededor de 1.000 seguidores, cuyos ingresos promedio sean de un millón de pesos, le generaría al pastor la suma de 100 millones de pesos mensuales. Entre más grande la iglesia, mayor la ganancia.

Respetado lector: la prosperidad económica es una condición ‘externa’ al alma o espíritu — yo le llamaría ser—, por tanto no depende de la gracia divina, sino de nosotros mismos. El crecimiento espiritual busca un estado de felicidad constante en la persona, independientemente de la abundancia o escasez material. Dentro del ámbito cristiano, una de las lecturas que más me impacta de la Biblia se encuentra en la Epístola a los Filipenses (4:11-13): “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.

Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. En esta líneas, el apóstol Pablo explica que el desapego de lo material es una consecuencia del crecimiento espiritual, y que, con tener a Dios en el corazón, basta para ser feliz, independientemente de si se vive en escasez o en abundancia. Pero, ¿qué es tener a Dios en el corazón? Es practicar compasión y amor al prójimo. ¿Cómo se logra? Superando el ‘yo’ y el apego a lo material.

En otro pasaje bíblico, que concuerda con los versículos antes citados, se enseña: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso, ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”: Corintios (13:4-7).

Desafortunadamente estos versículos son leídos en los matrimonios, con lo cual desdibujan su fin, pues el ‘amor’ al que se refiere Pablo, no es el de pareja, sino el amor al prójimo o caridad de una persona que tiene a Dios en su corazón.

Entonces, sin importar cuál sea tu creencia o religión, da y ama sin esperar retribución. El tener más o menos capital que otra persona no depende de que seas de una iglesia y diezmes. Hay ricos buenos y ricos malos, hay pobres buenos y pobres malos. Una persona que es feliz independientemente de sus circunstancias externas, es una persona que tiene a Dios en su corazón. Incluso si se considera atea.
 

Héctor Manuel Barbosa *

 

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