Por: Alberto López de Mesa
En todos los tiempos y en todas las culturas, en las aldeas primitivas como en las ciudades modernas, han existido personas callejeras, unas por condición y otras por elección: están los desplazados, los expulsados de familias disfuncionales, los excluidos por enfermos, por adictos, por proscritos, por pobreza absoluta y también los que encuentran en las calles una oportunidad económica o de existencia y los de espíritu nómada, los impulsados por algún atavismo que no resisten la normatividad sedentaria y hallan en las calles la mejor forma de vivir la ciudad. Los estudiosos de las sociedades reconocen casos en los que conviven simultáneos nómadas con sedentarios, residentes con callejeros: en los cruces de caminos, en los puertos, en los días de mercado, en las ferias populares, en los carnavales, en los jubileos, hoy en día en las ciudades se generan alrededor del comercio, o de una iglesia o de una estación confluencias de diversas ciudadanías, pero en la práctica del urbanismo casi nunca es normal ni aceptada la convivencia de los que habitan en recintos privados con los que viven en las calles, porque los que habitan de modo “normal” impondrán su práctica urbana como reglas generales de convivencia y los callejeros naturalmente vivirán ajenos a las pautas y a las normas del civismo típico, en muchos casos se constituyen en una tribu dentro de la gran tribu citadina, por lo cual inevitablemente entrarán en contradicción, mas cuando en las poblaciones callejeras las dinámicas son de subsistencia, como el cazador-recolector en las comunidades primarias, donde priman instancias de orden y de poder básicos: el más fuerte, el que está armado, el que encuentra el alimento, el que tiene dinero o se apropio del territorio.
La historia reseña diferentes modos de callejeros: el miserable, el mendigo, el pelafustán, el lumpen, el cimarrón, el indigente. En Colombia en los sesenta se dio el gamín (niño de las calles), luego con la aparición de grupos de exterminio se usó el perverso mote de “desechables”, por suerte pervivió un nombre más amable y de ellos mismos “el ñero” y ahora se ha oficializado la expresión que es casi un eufemismo “el habitante de calle”. En todo caso, son el nivel más bajo de la clasificación social, el estrato cero, por lo mismo se encuentran en vulnerabilidad extrema: marginados, discriminados,sobre viven al garete de su suerte.
La atención de los callejeros, durante siglos dependía de la misericordia de religiosos, así que la sociedad y ellos mismos asumieron que la ayuda que se les prestaba era un acto de caridad, venida del cielo, nunca como un derecho y menos como una obligatoriedad de los Estados como saldo de sus deudas sociales.
Desde 1980 en Colombia prosperó como negocio el consumo de sustancias prohibidas: la marihuana, la cocaína y el basuco, este último tendía varias características, entre otras el precio, que lo haría muy popular entre las poblaciones callejeras, de hecho, su condición de droga prohibida y perseguida por orden incluso del impero gringo, hizo que muchos adeptos de diferentes condiciones sociales usaran las calles y las zonas de tolerancia, para consumir basuco sin el juicio de la sociedad ni el al acoso excesivo de la policía. Ciertamente es una droga altamente adictiva, pero aunque muchos callejeros la usan como doping, para resistir la intemperie, la discriminación y las pesadas cargas en el oficio del reciclaje, para los gobiernos de las ciudades, la adicción de algunos habitantes de calle al basuco, mas su furtiva y a veces criminal comercialización en los antros de la ciudad, se ha vuelto la excusa perfecta para justificar negligencias y explicar los fracasos en la atención al fenómeno.
El hecho de que algunos habitantes de calle consuman y además participen en la comercialización de una droga prohibida, obliga la participación de la policía y como reza la formula social de que la proliferación de un delito genera delitos conexos, hoy en día hay una fuerte mirada criminalizadora de la habitabilidad en calle. Las administraciones no es que hayan hecho mucho para trasformar los imaginarios de quienes ven en el habitante de calle un ser peligroso, su aspecto, su atuendo parece arquetipo de delincuente.
En el caso de Bogotá, los censos y los informes que sobre el fenómeno se divulgan a la sociedad, deberían arrojar caracterizaciones reales de la diversidad de personas que habitan las calles, para que la información nos ayude a resignificar las nociones y las imágenes discriminadoras y excluyentes que tenemos de los ñeros.
Una caracterización sin prejuicios, sin moralismo, resultara más saludable para diseñar acciones que de verdad contribuya a prestar una asistencia justa, y en algunos casos lograr la superación de la condición.
Toda acción sobre la habitabilidad en calle debe partir de una mirada humanitaria y desembocar en una propuesta de convivencia armónica a favor de toda la ciudad.