El escenario de la educación tiene dos actores principales: uno es el profesor y otro es el estudiante.
Lo que media entre los dos se ha transformado con el paso del tiempo y ha convertido al segundo en un ser con más herramientas para entrar en el juego con su mentor. Al parecer, el estudiante debería entonces ser más dinámico y exigente, capaz de construir diálogos críticos o de promover proyectos propios. Sin embargo, no siempre resulta ser esa la consecuencia de tantas herramientas a su disposición.
El aula, con su habitual jerarquía, se está quedando corta frente a los retos que los cambios imponen, y ese alumno que quiere estar pegado a su tableta o a su móvil y que está imbuido en dinámicas ágiles espera que su clase mantenga el ritmo excitante del chat o del videojuego que está de moda. Entonces, el docente tiene un desafío definitivo y es el de hacer que el tiempo que invierte en el aula resulte tan interesante para que sus estudiantes —desinteresados, perezosos, desafiantes— estén presentes en su clase en cuerpo y alma. Es vital que los docentes busquen estrategias con las que el alumno se haga consciente de que sus movidas son determinantes para que la partida avance.
Se trata de que el alumno comprenda procesos, constituya argumentos y se convenza de que puede pensar por sí mismo a partir de referentes claves. Es fundamental promover el pensamiento relacional, nada resulta más interesante que estimular la capacidad de asociación de un individuo en un entorno como el actual, donde discursos indistintos lo bombardean sin piedad. La tecnología por sí misma no hace seres más pensantes y capaces; nuestro contexto está pidiendo a gritos seres humanos con un discurso propio, con argumentos sólidos, con capacidad de decisión, con hábitos de lectoescritura, con lógicas de sentido común dirigidas al bienestar de la comunidad, con una posición seria frente al sentido ético del individuo. Seres sin miedo de decir lo que piensan, capaces de emprender una discusión, seres humanos convencidos de que están construyendo una mejor calidad de vida con su trabajo, sea el que sea. A la final, seres “educados”.
Hay que alarmarse por las estadísticas —sí, esas que suelen dejarnos muy mal parados en términos de educación—, porque, queramos o no, son el resultado de estudios especializados que trazan parámetros de referencia y dejan ver las falencias del Estado como gestor de planes capaces de transformar microentornos en corto plazo y de generar resultados tangibles. Ya bien citado en varias notas de prensa está el caso de Ecuador, que en breve tiempo ha logrado metas ejemplares. La comunidad académica tiene retos complejos que debe enfrentar con planes integradores y debe tener muy presente que la calidad en la educación sí es importante. La tendencia actual está encaminada a la autonomía y la autodisciplina, gracias a las facilidades que brinda internet. Hay que abrir la mente y pensar en estrategias que replanteen dinámicas tradicionales, remover mentalidades y ejecutar proyectos innovadores.
*Érika Martínez Cuervo