Por: Julián Restrepo*
Debo confesar que yo era de los que, hasta hace pocos años, tampoco entendía la importancia del legado cosmológico indígena que tenemos los latinoamericanos. Como muchos en Colombia, fui educado con una visión eurocéntrica del mundo. Una visión que nos pone a los seres humanos por encima de nuestros ecosistemas y que, con el tiempo, nos ha llevado a este punto de inflexión.
La crisis mundial ocasionada por el coronavirus parece ser solo una advertencia de lo que puede venir. Hasta los pronósticos más positivos de los efectos de la inevitable crisis climática que se avecina son devastadores. Irónicamente, en los últimos años, expertos del viejo mundo han elevado sus voces pidiendo un cambio en nuestros modelos de desarrollo y concepción del mundo; exponen como ejemplo la visión de comunidades indígenas ancestrales.
Desde hace cientos de años, estas comunidades han tenido claro que todos los seres vivos dependemos el uno del otro para sobrevivir, como bien lo entendió Humboldt en su viaje por América Latina hace ya más de 200 años. La concepción del mundo de nuestras comunidades indígenas es hoy en día más relevante que nunca y puede conllevar más beneficios para el planeta de lo que pueden hacer los últimos avances tecnológicos europeos o estadounidenses.
Para Julia Watson, profesora de diseño urbano de la Universidad de Harvard, “nuestras prioridades están equivocadas” debido a que “tendemos a valorar más artefactos arquitectónicos de civilizaciones muertas, como las pirámides de Giza, mientras desplazamos y nos olvidamos de las culturas ancestrales que aún viven sobre la tierra”.
Estas culturas tienen mucho que enseñarnos desde un punto de vista sistémico. Muchas comunidades indígenas diseñaron soluciones en simbiosis con la naturaleza, tanto para abastecerse como para manejar los desperdicios que producen. La implementación y mantenimiento de dichas soluciones tienden a ser más económicas que muchas de las soluciones importadas del primer mundo.
El libro más reciente de Watson, Lo-TEK: diseño por indigenismo radical, está lleno de buenos ejemplos recopilados durante años de viajes a los rincones más alejados del mundo. Y pensar que nosotros, los latinoamericanos, tenemos excelentes ejemplos a la mano; solo basta con hacer las preguntas adecuadas a
las personas que son, no tenemos siquiera que salir de nuestros límites geográficos.
Por otro lado, Julia Watson resalta el riesgo que traen consigo muchos de los movimientos conservacionistas a este tipo de culturas y a su conocimiento ancestral. Con la intención de salvaguardar la naturaleza, estamos creando zonas protegidas donde se desplaza a sus habitantes, o se les impide que desarrollen actividades de sustento. Ningún extremo es bueno y no hay que ir muy lejos para entender los problemas que esto conlleva. Nuestros páramos, fuentes de agua y ecosistemas vitales para el país, son motivo de debates y
disputas debido a que los guardianes históricos de estos territorios se ven, en muchos casos, maniatados por una normativa que no permite casi ninguna actividad para su manutención.
Los efectos de estas reglamentaciones pueden llegar a ser contraproducentes. Hace tres meses visitaba el páramo de Sumapaz con un buen amigo y veíamos con tristeza que los cultivos de papa avanzan rápidamente y en silencio hacia las
lagunas, donde se origina mucha del agua que nutre y sustenta a nuestra región. Esta depredación del páramo se está presentando, en la mayoría de casos, porque hay nuevos propietarios de las tierras que no tienen el aprecio debido por el entorno natural; los habitantes originales tuvieron que vender y dejar todo atrás ante la imposibilidad de sostenerse a sí mismos.
Es el momento adecuado para que reforcemos una visión de desarrollo que reconozca la importante herencia de nuestros antepasados, sin caer en la nostalgia ni el conservacionismo. Es tan grave pensar que la naturaleza es nuestra despensa para disponer de ella como nos plazca como pensar que es sagrada, lejana e intocable; se ha de asumir como una relación más equilibrada, una relación de parentesco.
Kate Raworth, economista y autora del libro Economía rosquilla, habla de la importancia de las palabras que usamos para definir nuestra relación con el mundo natural. Si seguimos definiendo nuestro entorno natural con términos como “recursos naturales” o “servicios ecosistémicos”, solo estamos perpetuando una concepción transaccional de la naturaleza; muy distinto a si
los llamamos parientes, como lo hacen muchas comunidades indígenas, no solo porque seguramente vamos a tener otras consideraciones con nuestro entorno, sino que vamos a protegernos unos a otros a pesar de que nuestras acciones no necesariamente produzcan utilidades en una hoja de balance financiero.
Como latinoamericanos podemos ser referentes a nivel mundial si tomamos decisiones radicales que contribuyan a un modelo de desarrollo más sostenible. Si retomamos las enseñanzas de nuestras comunidades indígenas y las aplicamos a nuestra estructura estatal podríamos, por ejemplo, repensar la separación histórica entre el Departamento Nacional de Planeación y el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible. Mientras continúen siendo instituciones separadas, las decisiones que tomen tienen una posibilidad
aún más alta de estar sesgadas hacia un lado o el otro. No deberíamos tener que escoger entre la planeación y el desarrollo o el medio ambiente, y no podemos pretender que vamos a generar cambios sustanciales cuando las herramientas a nuestra disposición siguen siendo las mismas.
¿Se imaginan una entidad que abarque la planeación y el desarrollo, pero desde un punto de vista ecosistémico? Seguramente cambiaría nuestra manera de actuar y finalmente produciría los resultados que tanto necesita el país. No pretendo tener todas las soluciones, pero sí abrir espacios de discusión, sana y constructiva.
No ha habido (y quizás no habrá) un momento más propicio para que Latinoamérica se convierta en un referente de desarrollo para el mundo. Suena improbable y muchos creerán que ahora sí que perdí la razón, pero creo que las fichas lentamente se ubican en su lugar para que pasemos de ser los eternos aprendices de los países del viejo mundo a ser los educadores del nuevo.
* Socio de TALLER arquitectos