Desde niña he recorrido una y mil veces las calles de La Candelaria en Bogotá. Lo hacía de la mano de mi madre, periodista y salsómana de corazón.
Caminábamos horas y yo me perdía entre el ruido, los personajes misteriosos y subreales que pasaban por ahí, así como entre los colores y los sabores de los carritos llenos de fruta, los olores, la música y, por supuesto, las imponentes casas coloniales.
Después tuve la fortuna de volver a vivir este místico barrio con el teatro y la escuela. Los ensayos y las funciones en el Camarín de Carmen, las noches de salsa, y con ella las tertulias y las ganas de cambiar el mundo. Qué buenas épocas aquellas, contagiadas del espíritu artístico y soñador del histórico y encantador centro de la capital colombiana.
Desde hace dos años renuevo mi experiencia en La Candelaria con el trabajo propio que realizo en Barcú, regresándole al barrio todas las bondades que me dio. Bogotá Arte y Cultura es como una feria que nunca termina, que deleita, que contagia, que enamora y que logra revivir con mucha emoción mis caminatas en ese mágico espacio.
Hoy ya no doy función, pero quiero estar en primera fila en el performance de Félix Antequera, recorrer las casas —que tanta curiosidad me causaban—, convertidas en galerías, y acompañar a mi hijo en su ilusión de que Chanoir le enseñe a pintar en las paredes del barrio un gato más grande que los que sabe hacer él.
Agradezco a La Candelaria haber sido el mejor escenario para forjar mis sueños. Las noches de salsa y tertulia siguen intactas en la casa Factoría de Barcú.
Ya no concibo con vehemencia la misión de cambiar el mundo, pero sí la de trabajar y mostrar a través del arte y la cultura lo mejor que veo de él.
*Cristina Umañana