A raíz de la agresión con ácido contra Natalia Ponce de León, la gente no deja de relacionar la ocasión de la oferta, que en otras no se presentó en forma tan notoria, con los apellidos de la víctima.
Pero no se trata de ahondar en este específico tema, cuya esencia es inocultable, sino de señalar los efectos que sobre la sociedad tiene el hecho de que los medios de comunicación, en especial los televisivos, les den tanto despliegue a situaciones lamentables y que fomentan la sensiblería, más que la sensibilidad.
¿Cuáles efectos? Basta con recordar que a los pocos días ya se habían presentado varios episodios más como el de Natalia, en sectores urbanos que arrastran con las dificultades propias de una sociedad desequilibrada, tomado este calificativo en dos de sus acepciones: como agrupaciones humanas tendientes a la marginalidad y como caldo de cultivo para que se desarrollen conductas que permiten hablar de sociedad enferma.
Esto, sin embargo, no significa que los sectores avanzados estén libres de incurrir, en el plano individual, en conductas que, extrapolando las concepciones freudianas de “complejo de Edipo” y “complejo de Electra”, permiten hablar de “complejo de Eróstrato”, por el nombre del individuo que le metió candela al templo de Artemisa en Éfeso. En la misma tónica, el gringo Mark David Chapman, en 1980, asesinó a John Lennon y el turco Ali Agca agredió a Juan Pablo II en 1981. Aquí hay unas peculiares historias psicológicas que se han estudiado y que explican que los agresores buscaron cierto malsano reconocimiento, ya que, de todas maneras, hay una exposición mediática que puede conducir a un agrandamiento del ego en condiciones precarias de desarrollo individual.
¿Qué ocurre entonces con lo sucedido en Colombia el 3 de abril pasado contra Natalia? Se nos vienen los noticiarios de televisión, dando detalles que llaman a la descarga del morbo que nos caracteriza y que se ve igualmente en los casos de accidentes graves de tránsito, cuando algunos transeúntes se abren paso para poder ver el estado de los muertos. ¿Qué esperan ver? Obvio que nada grato, sino el esperable cuadro de uno o varios muertos, para después el ‘espectador’ llevarse las manos a la cabeza, diciendo que “¡uy, cómo quedó la señora!”. ¿Por qué en ambientes como estos de carretera o de calle se presentan expresiones diferenciales frente al mismo hecho? ¿No habrá quizá elementos distintos que generan respuestas igualmente distintas cuando unos individuos se encuentran con sucesos inesperados y relacionados con lo tanático?
No resulta sorprendente que en un informativo de mediodía del lunes 7, el presentador comentara que en las noticias del domingo 6 la concerniente a Natalia había registrado los más altos niveles de audición. ¿No es claro el daño que se le causa así a una sociedad cuando la divulgación de los hechos que desfilan en la cotidianidad del televisor, unida a otros factores sociales, origina comportamientos que se traducen en los ataques-réplicas que se conocieron en los siguientes al jueves 3?
Resulta necesario entonces poner en cuestión y replantear los objetivos de los medios masivos de comunicación que en busca de rating desatan estados de morbo colectivo que no tienen diferente explicación. Ojalá los conocedores de la conducta humana se sentaran a pensar sobre las consecuencias para el imaginario social, en un ambiente cargado de frustraciones y que compromete seriamente la salud mental de los sectores más propensos a encontrar ‘modelos’ enfermizos de comportamiento.
Mario Méndez ** Sociólogo de la Universidad Nacional.