Por: Juan Carlos Matamoros López *
Aunque no apoyé a Iván Duque en las elecciones presidenciales, lo he respaldado en varios momentos de su administración como cuando él resolvió apoyar la consulta anticorrupción (aunque sin la contundencia necesaria) o cuando presentó la devolución de IVA a los más vulnerables (aunque en medio de otras medidas que favorecían a los más poderosos). Iván Duque parece un buen tipo, de esos que hasta quisiera uno tener en su grupo de amigos, pero desafortunadamente, como decían las abuelas, al presidente le hace falta “pelo pa’ moño”.
Creo que la mayor debilidad en el talante de Iván Duque es que actúa siempre de forma reactiva y, en momentos excepcionales como los que vivimos, sería mucho mejor un gobierno proactivo. Y esta característica ha sido evidente en la forma de enfrentar la pandemia, tanto en los aspectos de prevención de salud, como en las respuestas económicas para defendernos de la recesión resultante.
Desde que comenzó la pandemia, percibimos al presidente lento y reactivo cuando tardó en decretar el cierre del tráfico aéreo internacional por donde evidentemente ingresó el COVID-19 al país. Luego, antes de la primera cuarentena, vimos a un gobierno dudoso en decretar las medidas de aislamiento, al punto que fue obvio para los colombianos que finalmente lo hizo presionado por la cuarentena pedagógica decretada en Bogotá. Y de ahí en adelante, siempre se ha visto al gobierno actuar con insuficiencia y retraso frente a las solicitudes de buena parte de la sociedad. Así, mientras para la Alcaldía de Bogotá era claro que la cuarentena llegaría hasta junio (como efectivamente será) el gobierno se empeñó en hacer extensiones quincenales.
Es así como, desde la cuarentena del 23 de marzo, muchas voces comenzaron a solicitar el apoyo del Gobierno a las empresas pequeñas y medianas mediante subsidios para pagar las nóminas, para no verse enfrentados a licenciar o despedir a sus empleados. Pero el Gobierno en su momento resolvió que la respuesta eran líneas de crédito de Bancoldex y refinanciaciones de los bancos comerciales. Y por supuesto, resultaron totalmente insuficientes, hasta que el 8 de mayo, mes y medio después, casi cuatro pagos quincenales tarde, autorizó los subsidios a las nóminas hasta por el 40 % de un SMMLV, por empleado, por tres meses. Esta tardanza significó la pérdida de empleos para miles y miles de colombianos y la quiebra para centenares de empresas. Por ser reactivo en lugar de ser proactivo.
Desde el comienzo de esta crisis se ha dicho repetidamente, desde diversos sectores políticos y de la academia, que Colombia debería estar dispuesta a invertir el equivalente del 10 % de su PIB en medidas para paliar estos efectos, como lo han hecho otros países de la región. Y en ese camino vamos, llegando al 4 % o 5 %, cuando el Gobierno sabe perfectamente que se necesita al menos el doble. Todos sabemos que este es un país en donde la mitad de la población económicamente activa es independiente, o informal, que en todo caso no son empleados. Y a ellos debería llegar también el subsidio por un salario mínimo, pues no han logrado desempeñar la actividad económica de la que proviene su sustento diario. Seguramente en el curso de las próximas dos semanas se expedirá otro decreto en ese sentido, esta vez aún más tarde.
Es así como el gobierno Duque da la impresión de ser un gobierno inseguro en sus actuaciones, que va siempre detrás de lo que la izquierda o el centro izquierda del espectro político le va requiriendo. Y toma las decisiones como si le doliera, como si no quisiera, actuando como un padre tacaño y atenido, que aunque sabe que tiene el deber de velar por la subsistencia de su hogar, está siempre midiendo los recursos que desembolsa, siempre poco a poco, siempre gota a gota. Y olvidándose que los recursos con los cuales atiende estas imperiosas necesidades los hemos entregado todos los colombianos. No se debe olvidar que más del 50 % de los impuestos de este país lo pagan los hogares, y que del otro 50 % que pagan las empresas, una buena porción la pagan las pequeñas y medianas empresas.
El futuro de la economía colombiana es hoy incierto. Sabemos con seguridad que decrecerá alrededor del 4 % este año y que tendremos un rebote (ojalá así sea) del 3-4 % en el 2021. Pero la profundidad de la crisis actual y la posible reactivación del próximo año dependerán en alto grado del talante, la capacidad y la proactividad de nuestro presidente, que ojalá tenga claro desde hoy los mecanismos tributarios que financiarán esta emergencia, siendo siempre progresivos, de tal manera que quienes más tengan o más ganen, más pongan, llegando a soluciones creativas (aunque no sean las más ortodoxas) como por ejemplo gravar utilidades de años anteriores de las empresas y gravar los patrimonios tanto de personas naturales como jurídicas.
Los colombianos no estamos mendigando limosnas, sino exigiendo que se administren adecuadamente nuestros recursos, y esperamos medidas dirigidas no únicamente a paliar esta recesión, sino a cerrar en algún grado las históricas brechas de inequidad de nuestra sociedad.
* Tertulia Cervantina 77. El contenido de este artículo es responsabilidad exclusiva de su autor.