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Mentiras piadosas

05 de junio de 2017 - 10:54 p. m.

Por: Juliana Londoño

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De vez en vez, casi siempre los domingos —quizás porque son días con una carga de nostalgia especial—, uno organiza o, mejor, desorganiza su espacio. Saca el polvo de los libros y se promete volver a leer aquellos que le tapizaron el corazón con tanto cariño. Desenvuelve los nuevos y los hojea, con la ilusión de que su olor quede intacto para siempre.

Recorre cajones hallando tesoros abandonados que despiertan lugares en la memoria, y se da cuenta de que los recuerdos siempre han tenido la razón; no en el sentido de adular al pasado ni de otorgarle el premio de tiempos dorados, sino de encontrarse a uno mismo por medio de respuestas que pareciesen nunca cambiar, que pareciesen permanecer inmutables.

Hay preguntas que relatan lo que somos, lo que nos remueve y nos sutura por dentro, y respuestas que creemos, en medio del caos o la parsimonia, que nunca contestan las incertidumbres que nos deshacen.

De alguna manera para eso tiramos, guardamos, vaciamos y renovamos nuestro espacio: para soltar lo que ya no nos hace, lo que ya no es lo que somos. Es una especie de mudanza interna, donde se despojan etapas vacías de significado y se siguen custodiando las que tienen algo de la sustancia que nos compone.

Libros con frases subrayadas que fueron espejo y reflejo, cartas con reflexiones perpetuas, objetos ausentes de amnesia, ropa con olor a vigencia… En fin, tantas cosas que escriben una autobiografía y que esconden las respuestas a todo lo que queremos seguir siendo, a todo lo que no renunciamos, a todas las mentiras piadosas que nos decimos para que los asuntos trascendentales no trasciendan muy hondo.

Por eso, los domingos en los que el espacio propio comienza a convertirse en un rebujo, que no es más que la mezcla de todo lo que no hemos querido huir y, por ende, lo que nos ha moldeado, son, sin darnos cuenta, las epifanías que buscamos. Son, sobre todo, las respuestas paralizadas en el tiempo.

Porque los objetos y recuerdos que somos incapaces de tirar, más allá de ser una especie de estatuas que hablan, contienen respuestas de sueños, de miedos, de alegrías, de incertidumbres, de vida. Porque las respuestas a las preguntas relevantes están ahí, acompañándonos, rondándonos, durmiendo con nosotros.

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