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Mesas nacionales de diálogos por la paz y para el posconflicto

11 de julio de 2015 - 09:00 p. m.

La tarea ciclópea de alcanzar el fin del conflicto armado no debe seguir pesando exclusivamente sobre los hombros del Presidente de la República y las Comisiones Negociadoras de la Mesa de Diálogos en la Habana. O sobre la conciencia de civilidad y el sentido ético y político de muchos periodistas, escritores, líderes de opinión.

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El conflicto armado que ha campeado a lo largo y ancho del territorio por incontables generaciones ha disgregado comunidades, desplazado y arrasado grupos humanos, desgarrado tejidos sociales ancestrales. Ha forzado la postergación indefinida del Proyecto de País y Nación emanado de un grito de hace más de doscientos años. Nadie ha quedado exento o intacto, directa o indirectamente, por el estallido, el fragor, el horror, la mutilación y el aniquilamiento, la zozobra, el sinsentido, la barbarie y la degradación del conflicto. La sombra de nuestro oscuro armagedon nacional nos ha cubierto a muchos desde nuestro primer día sobre esta tierra pródiga. Podemos plácidamente desde nuestros tibios escritorios o divanes nombrardos culpables, cuatro culpables, cuarenta y cuatro millones de culpables. Podemos más bien desenmascararlos y señalarlos valientemente en un sesudo y desgarrador informe elaborado durante años de desvelos y pesadillas. Podemos también decir que nadie es responsable directo y original, que sólo somos los herederos fantasmales del primer horror, del primer balazo, del primer descuartizamiento, que sólo somos el coletazo de la primera sangre o de la primera infamia, sólo zombies de los odios, las afrentas y las mezquindades y bajezas sin cuento y sin término que han sido por décadas nuestro legado más ferviente.

La verdad, a estas alturas- o en estas honduras- es preciso echar mano de otras estrategias que nos permitan asomarnos a horizontes más despejados y luminosos, abrir otras ventanas y otras puertas, dejar entrar otros aires a esta casa vetusta y mohosa. Podríamos también decir en raptus de pureza y radicalismo intransigente que quienes están sentados en esa mesa en La Habana no nos representan a todos los ciudadanos de este país delirante, pluricultural, pluriracial, pluricaótico. Podríamos decir también que las infamias y los horrores cometidos de parte de Dios o de La Patria o del Diablo o de quien sea, encarnan las antípodas de los ideales y aspiraciones en los que unos u otros hemos sido formados o inducidos o amaestrados o alienados. O podríamos decir que quienes han disparado, mutilado, segado, descuartizado, desmembrado, desaparecido, torturado, traicionado, mentido, humillado, saqueado, devastado a nombre o en defensa de instituciones o ideologías no cuentan con nuestra adhesión, mucho menos con nuestro fervor. Podríamos decir todo esto y muchas cosas más. De nada o de casi nada sirven en este momento este tipo de palabras o de reflexiones. Podemos decir más bien-y esto sería decididamente de mucha utilidad y pertinencia- que no entendemos ni una sílaba de esa frase que ha sido de verdad la que más hemos oído en boca de partidarios y voceros de la oposición de derecha y de izquierda en los últimos doce meses, desde que el Presidente Santos lanzó su candidatura para la reelección: Nosotros sí queremos la Paz pero no la que están «tramando» Santos y sus secuaces en La Habana. Esa frase surge así, espontáneamente en cada mesa, en cada twiter, en cada café. Es, hace tiempos, un lugar común y da pié a acalorados y a veces encarnizados debates, difícilmente dirimibles, constructivos o concluyentes. Se podría decir que en cada rincón de este país, en cada casa, en cada tienda, hay una mesa o una mesita de diálogo. Con la presencia infaltable de la desinformación o el sesgo malévolo sobre lo que en verdad se dialoga en La Habana. Podría también decirse que hay una desinformación o más bien una comunicación incompleta, precaria e ineficaz, no sólo sobre la complejidad de lo que se discute y acuerda en La Habana sino, lo que es crítico en extremo, una inhabilidad enorme en comunicar de manera oportuna, vigorosa y elocuente el «fervor de Estado», en cabeza del mismísimo presidente y de sus delegados y contrapartes, por llegar a un acuerdo. Ese «fervor de estado» o»fervor por la paz nacional» debe inducir en el ciudadano del común, de todas las tendencias e inclinaciones políticas, un fervor paralelo que lo haga el primer abanderado y fanático del proceso, favoreciendo una verdadera y anhelada Entente Nacional.

Una manera creativa, ágil y efectiva de inducir y apuntalar este Fervor Nacional por la Paz o mejor, de este Mandato Nacional por la Paz (consecuencia natural del Plebiscito Nacional por la Paz que fué la reelección del Presidente Santos) podría ser la implementación de las Mesas Nacionales de Diálogos por la Paz y para el Post-conflicto. La implementación de estas Mesas-itinerantes o con emplazamiento fijo- en los barrios, las localidades, las veredas, los corregimientos, de todo el territorio acercaría a cada ciudadano al proceso de búsqueda de la paz. Ellas serían el foro natural para conjurar la desinformación o la comunicación precaria. Deberían contar con la presencia esporádica y sorpresiva de los delegados del Gobierno en La Mesa de la Habana, de la oficialidad castrense que hace presencia en La Habana para el análisis de la terminación del conflicto y la dejación de las armas y del mismo Presidente de la República, fortaleciendo y vigorizando con su presencia, discurso e ideas la imagen del líder cercano y elocuente, que habla de viva voz con sus preocupados gobernados y les trasmite su fervor indeclinable de manera clara, directa y eficaz.

Esas Mesas serían, no sobra resaltarlo, el escenario en el cual los opositores encarnizados del proceso de búsqueda de la paz y de la terminación del conflicto podrían exponer y ventilar sus ideas, posiciones e inquietudes y ser contrastados e informados de manera amplia, veraz y certera. No serán Mesas en las cuales se monten procesos paralelos al de La Habana. Serán foros de debate amplio, abierto y democrático que preparen los cimientos de la casa en paz que se está acordando en la Habana. Con un amplio y serio cubrimiento de medios. Una campaña nacional para la pacificación. En el territorio nacional. Mejor que cunda, a través de la palabra en estas Mesas Nacionales, una epidemia de dialoguitis aguda por la terminación del conflicto, a seguir escuchando otros sesenta años la palabra metálica de balas y machetes y el llanto de mutilados y heridos, de viudas y huérfanos y la fatiga y desesperanza de siete millones de desplazados.

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