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Mun(dial) de fútbol (y III)

08 de julio de 2014 - 10:40 p. m.

Existe un solo lugar donde el norte y el sur del mundo se enfrentan en igualdad de condiciones: es una cancha de fútbol de Brasil, en la desembocadura del río Amazonas. La línea del ecuador corta por la mitad el estadio Zerâo, en Amapá, de modo que cada equipo juega un tiempo en el sur y otro en el norte. Eduardo Galeano.

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Sí, hay violencia en los estadios, pero también por fuera de ellos; la violencia nos funda, somos agonistas por naturaleza y, por ende, llevamos la sangre en la mano para desquitarnos por haber nacido. Otro es el responsable de mi destino.

El fútbol es un deporte de choque, violento, agresivo. Asistimos a las guerras púnicas, a las de Pompeya, a las del Peloponeso. Desde que hay humanidad hay guerra. La paz es un artificio, una ilusión que está por fuera de la condición humana porque la violencia la heredamos de nuestros antepasados zoológicos.

Pero no hay desmembramientos ni descuartizamientos en un estadio, aunque haya muertes violentas, pero es un fenómeno orbital. Un Mundial dura un mes, pero se recuerda el resto de la vida y hay seres humanos que no mueven el dial de su emisora predilecta porque las voces que salen de esas ondas hertzianas son la mágica compañía de miles de solitarios. En la radio hay voces que sólo hablan de fútbol, aspiran fútbol, viven fútbol, sueñan fútbol y se dejan seducir por su humanidad más humana. He visto radiolas, grabadoras, transistores y radios que se han convertido en las únicas compañías de algunos seres humanos que no tienen más recurso para “ver” el Mundial a través de las narraciones.

El Mundial reconfigura líneas y fronteras creadas por normativas impuestas, el balón rompe con ellas y pone a conversar al mundo entero. El Mundial es un buen pretexto para que se asomen los colores, las serpentinas, las barras y sus cánticos de vida y las nuevas y más avanzadas tecnologías para hacer verosímil el jogo bonito. Basta ver la película Ilusiones de un mentiroso, del director Peter Kassovitz, para advertir la influencia de un transistor en una comunidad que se debate en una guerra. Mentir sobre los acontecimientos de la realidad, ser capaz de inventar un mundo posible para mantener la esperanza.

El radio es la vida, la voz, el encuentro con otros. Horacio Quiroga ya advertía, en 1928, que estaban llegando al mundo nuevas formas para expandir la industria cultural. Se refería a la radiofonía y al cine. Pero su preocupación se centraba en la adicción que creaba la radio en detrimento de la lectura. Qué extraño invento es la radio, pero más extraño el invento del fútbol, ese arte de la inexactitud. Todo por una “copa” que ya no es copa.

 

*Juan Carlos Rodas Montoya

rayuela138@hotmail.com

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