El abogado David E. Llinás Alfaro, profesor de Teoría e Historia Constitucional analiza el proceso electoral que se lleva a cabo en el claustro educativo.
La Universidad Nacional es la principal entre las universidades públicas del país. Es, además, dependiendo de a quién decidamos creerle (es que hay muchos rankings internacionales, y todo el mundo compite por entrar en esas bonitas listas), la principal entre todas las universidades de Colombia. Sus actividades consisten en la docencia, la investigación y la extensión. Es decir, en generar, reproducir y transmitir el conocimiento científico entre la misma comunidad académica y el resto de la sociedad. Y resulta que la sociedad, ahora mismo, no es solamente Colombia; la sociedad actualmente es el mundo entero. Si la Universidad no es lo suficientemente hábil para socializar, globalmente, sus investigaciones y los resultados de su trabajo académico, simplemente está llamada al olvido o al confinamiento local.
Esta circunstancia impone una serie de necesidades que deben ser de inmediata atención, como la internacionalización de los programas académicos, la creación de un programa de movilidad académica para los estudiantes de los pregrados y los posgrados, el fortalecimiento de la planta docente (con docentes de planta, bien remunerados y con excelentes credenciales académicas), la inversión efectiva en propuestas de investigación, y el incremento de la presencia institucional en las regiones olvidadas del país, entre otras muchas cosas.
El problema con esto es que la Universidad, como el fiel reflejo de la educación pública superior de Colombia, está atravesando una crisis que asume múltiples formas, que obstaculiza desde hace décadas la generación y difusión del conocimiento científico con todo el potencial de la que es capaz. Crisis financiera, porque su presupuesto está congelado desde hace décadas y atraviesa problemas fiscales de difícil solución; crisis de infraestructura, porque esos simpáticos edificios, esos monumentos nacionales que se terminaron de construir hace 80 años, se están cayendo poco a poco, y cada vez que las nubes desguazan sus aguas sobre los techos, éstos ceden y por efecto de gravedad pueden terminar, o en el suelo, o en la cabeza de algún buen desprevenido; crisis de gestión, porque es común que en sus unidades administrativas se someta a los estudiantes, a los egresados y a los profesores a un sinfín de trabas burocráticas que terminan por afectar los Eerechos de todos ellos; y una crisis cultural también, que transforma a algunos profesores y estudiantes en arrogantes pseudoacadémicos, más preocupados por la cantidad de títulos, estancias internacionales y papers en su currículo que por hacer verdadera investigación.
Todo esto tiene la inevitable consecuencia del estancamiento, y la solución a dicho entuerto no se halla en el autofinanciamiento -el cual es válido solo en la medida que no desplace la financiación que proviene del Estado-, sino en la inteligencia que tengan los administradores de la Universidad, en todos sus niveles, para reforzar la investigación, mejorar la docencia, y profundizar en la extensión, y así, lograr la tan anhelada acreditación (que es otro trámite inofensivo, dada su nula incidencia en la calidad de la educación superior en Colombia). La cuestión es, me parece, si esos administradores han tenido o no la voluntad política, y la inteligencia, para contribuir a la solución.
Y así se llega al punto de la elección de los administradores de las diferentes Facultades de la Universidad. El próximo 17 de mayo se hará la consulta electrónica a la comunidad académica, para que esta opine sobre los candidatos que aspiran a las decanaturas. Esta consulta no tiene por objeto votar, y se trata de un mero trámite que consiste en filtrar, a través de la opinión de los profesores, estudiantes y egresados, a las personas que serán tenidas en cuenta por el Consejo Superior Universitario, que es la institución que finalmente hace la elección de los decanos.
Hay algunas Facultades que tienen un solo candidato (hablo de la Sede de la Universidad que está en Bogotá). Es el caso de Ciencias Económicas, Ingeniería, Medicina y Medicina Veterinaria. Para ellas, más que para las demás, la consulta no es más que un saludo a la bandera.
Hay otras Facultades en las que se presentaron dos o más personas que aspiran a la decanatura. La Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, por ejemplo, tiene tres aspirantes, lo cual la pone en una interesante situación que, en última instancia, hace que la consulta sea otro tipo de saludo a la bandera, pura letra muerta. Sucede que la norma que regula el procedimiento señala que los tres aspirantes con mayor opinión favorable serán, al final, presentados ante el Consejo Superior para que este haga la elección. Si solo son tres aspirantes, lo lógico es que todos ellos sean considerados por el Consejo Superior a la hora de la elección. El trámite previo de la consulta es, pues, inoficioso desde un punto de vista práctico; pero sigue siendo importante participar, como muestra del interés de la comunidad académica frente a las propuestas presentadas por los aspirantes, y en ejercicio de un poder simbólico que al menos dejaría ver la legitimidad o ilegitimidad del candidato finalmente electo.
Ahora bien, indistintamente de quiénes sean los elegidos por esa instancia superior de la Universidad, los nuevos decanos se enfrentan a los problemas de los que se habló al principio, que no se van a poder solucionar si no hacen un trabajo decente en la pelea por el presupuesto ante las instancias que le sueltan los recursos a la Universidad, que van desde la Comisiones Cuartas de ambas cámaras legislativas, hasta el Ministerio de Hacienda y Crédito Público. En eso, hay que decirlo, la responsabilidad no es principalmente de ellos, sino del Rector. No hay forma de que los decanos contribuyan al mejoramiento de la infraestructura física, del bienestar universitario, o de la inversión en investigación, si no tienen el dinero para ello, y si no cuentan con el apoyo institucional.
Por eso, un buen aspirante no puede sencillamente desconocer toda aquella problemática; tiene el deber de enfrentarla y de proponer mecanismos para solucionarla, de intentar anclar su Facultad al futuro, de internacionalizarla, de generar bienestar, de promover la investigación, de fortalecer la planta docente, y de practicar estrategias que interrelacionen adecuadamente todo lo anterior con la sociedad, global y local.
Pero lo que, en definitiva, no debería hacer un buen aspirante es defender el statu quo de la Universidad, decir que todo está bien, que pocas cosas hay que cambiar, porque eso redunda en el estancamiento y en el ostracismo académico.
Ojalá que el Consejo Superior Universitario no se equivoque, como a veces ha pasado, en la elección de los decanos.
Twitter: @davidllinasal