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Ninfomanía

08 de marzo de 2014 - 10:46 a. m.

Eran casi las siete de la noche y el cine estaba prácticamente lleno. Solamente había una pareja mayor, el resto eran jóvenes.

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Nadie había ido solo y la expectativa por lo que todos creíamos sería una película porno se sentía en el ambiente. Para mi sorpresa, los 117 minutos de ‘Nymphomaniac’ fueron mucho más que eso.

Las crudas y explícitas escenas de sexo, la tormentosa compulsión por el placer, la excitación de tener el control, el juego de dominar y ser dominado, la rebeldía ante los clichés de las relaciones, el descubrir de la sexualidad y de los genitales durante la infancia, la esclavitud de hacerlo por hacerlo, sin disfrutarlo, sin tener un orgasmo, las concepciones del amor… En últimas, la sociedad reflejada en un espejo que muchos prefieren no mirar porque incluso cuestiona los paradigmas de la liberación femenina.

Es extraño, pero en medio de los gemidos, de la respiración acelerada, del silencio entre las sábanas, de los movimientos bruscos y de las emociones que atacaban a la protagonista de esta truculenta historia del brillante director Lans Von Trier, me sentía identificada.

No porque sea una adicta al sexo y haya tenido que hacerlo con diez extraños en un día, sino porque en diferentes momentos de mi vida he tenido sensaciones y pulsiones similares a las de Joe, interpretada por Charlotte Gainsbourg. Y quién no. Somos seres humanos, no seres perfectos, caemos ante las tentaciones, disfrutamos del sexo sin amor, nos masturbamos, fantaseamos, y creo que somos varios los que nos hemos acostado con alguien que acabamos de conocer.

Y la culpa, la culpa nos ataca por lo que hacemos y dejamos de hacer, por el placer a costa del sufrimiento del otro. Pero ¿acaso no somos dueños de nuestro cuerpo? ¿Qué significa entonces el libre albeldrío si no es actuar como nos da la gana? ¿Por qué llevar una vida promiscua sigue siendo una hazaña cuando ellos disfrutan de su soltería y es una putada en nuestro caso?

Al igual que Joe, a veces caigo en moralismos y me juzgo con un rasero muy alto cuando en realidad estoy simplemente siendo humana. Al igual que Joe disfruto, y creo que somos la mayoría, de las diferentes facetas del sexo. Me refiero a la posibilidad de hacerlo con el romanticismo y la ternura que despierta el amor; con la crudeza y el desenfado de la arrechera en donde ni siquiera hay besos de por medio, sólo sexo animal, o con el propósito de ser complacida olvidándome de satisfacer al otro. Soy lo único que importa.

Así sería mi hombre perfecto. No los de la película, que sólo responden a su instinto, sino uno que sepa entender lo que quiero. Que a veces me consienta y otras veces sea rudo, que me explore con sabiduría hasta desinhibirme por completo sin hacer jamás que me sienta culpable por el poder que le otorgo a mi cuerpo.

 

Brenda Cohen*

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