Son atractivas, independientes, divertidas, cariñosas, exitosas y sexys. Cualquiera —pensaría— moriría por compartir su vida con ellas.
Sin embargo, sus novios nada que se animan a dar el siguiente paso. Esta es la “tragedia” en la que se encuentran varias amigas y amigas de mis amigas y amigas de esas amigas a las que últimamente he escuchado más deprimidas que de costumbre.
No todas reclaman un anillo en su dedo, algunas simplemente quieren sentir —y para ello necesitan evidencia más allá de las palabras— que existe el compromiso de construir un futuro juntos. El desespero aumenta con la llegada de invitaciones a matrimonios, babyshowers y las notificaciones de Facebook, en donde cada vez son más los que cambian de estatus de soltero a comprometido (por lo menos entre quienes ya superamos los 30).
La angustia ha llegado a niveles extremos. Supe de alguien que después de diez años de noviazgo y de nada de nada se impuso y organizó matrimonio contra viento y marea. No se fueron de luna de miel y todavía están buscando apartamento, pero ya casados como ella tanto anhelaba.
Otra terminó cediendo a la voluntad de su chico y, aunque siempre había dicho que no se iría a vivir con alguien si no era con una argolla, tuvo que cambiar de opinión. Se mudó a su casa, pero aún no se ha atrevido a vender su apartamento por miedo a arrepentirse. Vive ansiosa, a la expectativa de cuándo llegará el día en que la sorprenda con una propuesta.
Hace poco también estuve ahogando las penas con una encantadora caleña, de unos 33 años, a quien su novio, desde 2010, todavía le cambia el tema cada vez que se menciona la palabra compromiso. Algunas veces le ha mencionado la posibilidad de que vivan juntos, pero todavía no le ha dado ni las llaves de su casa.
Y ni qué decir de otra de mis grandes amigas, de 32 años, llamativa, espontánea y brillante, además de buen polvo. Ella sí que ha sufrido las rarezas del amor. Levanta por montones, ha tenido relaciones estables, se ha ido a vivir con sus novios, que además han sido de varias nacionalidades, pero nada. Algo pasa y termina nuevamente sola.
Podría seguir enumerando historias, pero lo que quiero es gritarles que no hay afán, que no se dejen presionar por esta sociedad machista que nos quiere ver casadas tan pronto salimos de la universidad, que sigan disfrutando su soltería, que no escuchen a quienes tratan de tranquilizarlas diciendo que pronto llegará su príncipe azul, que sientan y se la gocen, que vida no hay sino una