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No hay tiempo para la alegría (1): paz territorial y manejo de los conflictos

28 de junio de 2016 - 05:04 p. m.

Tras el júbilo por el fin de las hostilidades y por la cercanía del acuerdo final, sólo queda preparar su aplicación y así asegurar nuevas alegrías.

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Tras el júbilo que ayer sentimos por el fin bilateral de las hostilidades y por la cercanía del acuerdo final, no hay más tiempo para la alegría. Sólo preparar la aplicación de lo acordado asegura nuevas alegrías. Analizaré en tres artículos tres tareas: la paz territorial y el manejo de los conflictos; la violencia directa; la generación de consensos entre actores políticos y sociales.

Existe un a priori para las tres, disponer de un buen  diagnóstico. Ahí va: el problema a combatir no es el conflicto, sino las conductas violentas. En las fases posteriores a los acuerdos de paz menudean y se multiplican los conflictos sociales, eso sí, entendidos como suele ser habitual en ciencias sociales, como debates o pugnas entre actores que creen tener objetivos incompatibles respecto de uno o diversos temas. Puesto que el peligro está en la violencia directa, se trata de esforzarse para manejarlos como confrontaciones que se manejan con instrumentos no violentos. Y ello exige dotarse, e interiorizar, herramientas de análisis de conflictos,  herramientas de diálogo, negociación y generación de consenso, y, finalmente procedimientos para generar procesos de acción colectiva en pro del cambio social sin recurrir a la violencia directa. Las tres cosas exigen esfuerzos  importantes en Colombia.

Respecto de la paz territorial, hay que pasar de la repetición del “mantra”, es imprescindible, a su materialización. Ello exige crear  infraestructuras de paz, entendidas como sistemas de apoyo a la construcción de la paz, y, por ende, de manejo de los conflictos sin violencia. Sin ellas, no será posible pensar, construir e implementar una paz desde y con los territorios. No es fácil, en general los procesos de construcción de la paz, con liderazgo nacional o internacional, se han diseñado, dirigido y ejecutado desde los centros de poder al uso (instituciones internacionales, capitales, ministerios…). Sin embargo la propuesta colombiana es precisamente otra, innovadora, complicada, atractiva: poner en marcha un proceso que garantice la construcción de paz duradera, transformadora y arraigada, sobre todo en y desde los diversos territorios de Colombia.

Crear infraestructuras de paz supone un doble esfuerzo. Primero, examinar, ordenar y reconocer, en general y en cada territorio, las capacidades y experiencias exitosas existentes ya en Colombia, numerosas y exitosas. Las experiencias, aunque constatables entre actores privados y públicos y en alianzas público-privadas, tienen gran relación con el compromiso y tareas de las sociedad civil y de administraciones de ámbito territorial. Han dado lugar a centenares de buenas prácticas, que deben sistematizarse y difundirse. En paralelo, como segundo esfuerzo, hay que crear ya embriones de infraestructuras de paz, de Comités o Consejos Regionales y Locales de Paz, permanentes, donde actores privados y públicos puedan explorar y cartografiar sus disensos, crear algunos consensos y, ante todo, enfrentar de forma compartida las tensiones que comportará la construcción de la paz a nivel nacional, regional y local.

Por ocuparnos sólo de una, la relacionada con el tiempo y los tiempos, se darán tensiones entre la urgencia y la importancia, con diferentes percepciones de ambas cosas. Conviene al respecto recordar que en el cambio social lo importante es el tiempo largo, la irrigación por goteo, mientras que en el tiempo político, lo importante es el resultado dentro del tiempo del mandato.

En suma, la paz territorial exige contar con infraestructuras, que deben establecerse ya, que permitan manejar disensos y fomentar consensos, trabajar con ensayo y error. Infraestructuras que busquen éxitos a largo plazo, o, por decirlo con Churchill que interioricen que “ni el éxito es definitivo ni el fracaso, fatídico. Lo que cuenta es el valor para continuar”

Rafael Grasa, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, investigador del Instituto Catalán Internacional para la Paz (ICIP).

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